Columnistas
Remembranza
Dentro de la cultura nacional encontramos algunos encantos que nos apasionan a todos los nativos de nuestros pueblos. Hablamos del tinto o café de las mañanas; originario de nuestras costumbres campesinas y citadinas; la cerveza en botella llegada al pais a comienzos del siglo XX traída de Europa por comerciantes de la época; los mismos que años después crearon la industria cervecera nacional y el tercero es el tabaco y cigarrillo, todos de consumo popular y masivo.
La ciencia encontró que todos estos productos presentaban deterioro en la salud de manera lenta y constante en la mayoría de los consumidores y lamentablemente en una proporción de consumo significativa generan adicción.
La sociedad se mostró indiferente ante estos tres productos de consumo por el hecho de no generar alteraciones en el comportamiento humano. No recibieron la calificación de nocivos por no tener las características que lo demuestren en las acciones de las personas y su uso avanzó en sus comienzos en la población de adultos hombres.
El café o tinto hace parte de la dieta diaria de todos los habitantes de nuestra patria y aunque hay quienes dicen que es nocivo para la salud, la ciencia ha demostrado que solo cuando hay consumo excesivo en su preparación; dicen las señoras, “si lo dejan muy espeso” se presenta deterioro en la salud emocional y en algunos casos física de la población.
El tabaco es original de América y su consumo en estas tierras es ancestral; los indígenas lo usaban como planta medicinal. Fue con la llegada de los españoles que aparece la costumbre de quemarlo para alejar los malos olores y luego empezaron a aspirarlo parece que a consecuencia del humo que emanaban estas quemas. En la época de la colonia los criollos conocieron el cigarrillo. Pero con el paso del tiempo y por costumbres malsanas de la gente, el rango de consumidores fue creciendo y paso a mujeres adultas mayores; con oficios como lavanderas u otros quehaceres domésticos que empezaron a fumar tabaco durante sus jornadas de trabajo.
En la primera mitad del siglo pasado aparece el consumo de marihuana en Colombia y se consideró una hierba maldita que dañaba a los jóvenes y a todo aquel que se atreviera a fumar. Desde su inicio se supo que generaba alto grado de adicción y sí afectaba el comportamiento humano.
En los años sesenta aparecen los alucinógenos sintéticos que son productos que alteran el estado de conciencia de las personas y su consumo es vetado en todo el mundo porque se consideran altamente nocivos y adictivos.
El Ministerio de Salud obliga por ley a los productores de cigarrillos y licores publicar en sus empaques y botellas que estos son nocivos para la salud. Pero la gente hace caso omiso de la advertencia y el consumo excesivo de estos en nuestro país es muy alto.
La cerveza llegó a principios del siglo XX, pero desde los tiempos antes del descubrimiento de América los indios chibchas preparaban chicha de maíz para sus celebraciones según cuenta la historia. Luego de la cerveza aparecen los licores elaborados con alcohol que poco tiempo después se empezaron a destilar en el pais.
En los años setenta se conoce la cocaína que es extraída de las hojas de la planta de coca que es originaria de Sudamérica. También se conocieron los alucinógenos traídos de Asia, opio y otros; con grados de adicción cinco veces más altos que la cocaína.
En los años sesenta el consumo de marihuana era censurado por la sociedad y sus consumidores llevados presos y castigados moralmente. Era delito fumar marihuana y causaba vergüenza a los adictos y a sus familias. En esos tiempos tener un familiar consumidor era un karma para las personas de bien. Hoy en el tan esperado nuevo milenio se puede fumar en los parques al aire libre en presencia de otras personas, así sean niños, y no se puede prohibir su uso en lugares públicos porque es coartar el derecho a la libre personalidad. Pero el derecho que tienen los demás a un espacio libre de contaminantes en un medio ambiente sano no se hace respetar por autoridades o ciudadanía como si los no consumidores no tuviéramos derechos. Aquí se prohíbe fumar tabaco en lugares públicos y cerrados para proteger la salud de todos; pero se permite fumar marihuana y consumir drogas en cualquier lugar y situación no importa qué daño se esté causando al prójimo.
Esto de las adicciones a los estimulantes es un comportamiento de la humanidad con diferentes maneras de manifestaciones que van desde los consumos orales hasta la utilización de elementos médicos o quirúrgicos para su inyección al cuerpo.
El asunto con los consumidores depende de su propia voluntad para rehabilitarse; son enfermos que necesitan ayuda para superar el problema. Si ellos no quieren nada ni nadie podrá sacarlos de ese hueco.
Es mi deseo que sepan que lo que les voy a contar sucedió realmente y me causó mucha rabia y dolor; maldije como nunca y jamás lo había hecho ni lo volveré a hacer. Ver el deterioro de la dignidad del ser humano hasta llegar a extremos de dañar la prole, cosa que no hacen ni los animales salvajes. Fue algo que me hizo sentir que era un individuo de la peor especie creada por la naturaleza.
Reclamo a Dios con respeto y consideración porque soy hombre de fe y le agradezco que nos dé el libre albedrio como seres racionales; pero le pido que no permita que el humano caiga en estados de degeneración y sea capaz de hacer daño a seres inocentes como los niños.
Lo que me tocó presenciar esa mañana de agosto me hizo renegar de mi existencia y de pertenecer a la especie humana; en ese momento cuando vi ese cuadro horripilante quise ser un animal silvestre.
MALDITO CUENTO CORTO
Este cuento que parece cuento no es cuento.
Una noche de bohemia con algunos amigos y compañeros de trabajo en medio de una agradable tertulia en un sitio al aire libre como a eso de la tres de la mañana de un Jueves Santo, hablamos de muchas cosas, entre esas de las cosas desagradables que impactan a nuestro país y surgió la pregunta para todos: ¿qué cosa de la cotidianidad de nuestras vidas y de la realidad nacional había causado mayor efecto negativo moral y anímico en cada uno de nosotros?
Empezamos todos uno por uno a contar que era eso que nos había impactado; salieron a la palestra la violencia política; la corrupción administrativa; la pederastia de los clérigos; la violencia intrafamiliar; la inseguridad; la pérdida de los valores morales y de los principios cívicos y otras de las muchas pequeñas banalidades que ocurren en este pedacito de patria.
Mientras mis contertulios participaban contando los hechos que habían causado asombro y malestar en sus vidas me acordé de algo que vi una mañana sentado en el umbral de mi casa.
Una fresca mañana de agosto a eso de la cinco a.m., luego de una noche de apacible insomnio, me senté en un taburete de cuero de los que hacía el viejo Abacú; carpintero artesanal de la región, que vivió los últimos años de su existencia ciego; pero así con esa discapacidad no dejo de hacer los taburetes para ganarse su sustento con la elaboración de su mueble de madera y cuero de vaca emblema de la artesanía regional.
Ahí sentado, en el antejardín protegido por una reja de hierro que permite ver la calle y su acontecer matutino, empecé a recibir el olor a café recién hecho que manaba de la olleta.
La frescura del alba que adormece los sentidos acompaña el primer tinto de la mañana.
Desfilaron los mismos transeúntes de todos los días; la volqueta vieja que trae arena del rio; el señor de las arepas de chócolo; el vendedor de leche en cantina; la señora de la tienda de la esquina que abre sus puertas como a las seis a.m.; la vecina que sale a barrer el inmenso antejardín de su casa que es más grande que la misma casa y todos los días lava con jabón y cepillo de restregar porque lo único que ella hace en todo su día es hacer aseo en su casa. También se inicia el paso de los niños para la escuela ubicada frente al parque y puedo ver sus puertas desde donde estoy sentado.
Ya eran la siete de la mañana y empecé otro pocillo de tinto. Estaba en lo mejor de la degustación del tercero del día que ya sabe a puro café, cuando escuché venir una moto despacio por la esquina del parque y el llanto desesperado y desgarrador de un niño. Conducía una mujer joven de unos veinticinco años que parqueó justo frente a mi casa. En un portabebe de tela traía al niño de un año de vida aproximadamente pegado a su pecho.
El niño lloraba de manera impresionante parecía que su gargantica estaba a punto de reventar. Con el vehículo apagado, pero sin bajarse, la siniestra madre y consumidora de marihuana saca de su bolso un cigarrillo grande armado con hojas secas picadas de la maldita hierba. Si, de aquellos que otrora su consumo era pecado mortal y hoy es beneficiario de beneplácito social.
De una caja de fósforos saca un cerillo, lo enciende y empieza a fumar; cuando esta desgraciada arroja la segunda bocanada de humo por su asqueroso hocico el niño comienza a calmarse y deja de llorar.
Por esta inhumana madre a quien no conozco y nunca había visto, me tomo el atrevimiento de asegurar que es consumidora desde antes de concebir su hijo; lo había gestado y parido bajo los efectos y consecuencias del consumo de marihuana y quién sabe qué otras porquerías; ahora de manera irresponsable y criminal le suministra marihuana para que deje de llorar y le deje fumar a ella tranquila su puto cacho de yerba maldita.
Maldita desgraciada. Maldito cuento corto.
REFLEXIÓN
Que inmundicia le mete en la cabeza el consumo de porquerías a un guiñapo de persona que lo lleva a perder su humanidad, lo hace capaz de hacer daño a su hijo pequeñito sin importar la sociedad, la ley, la justicia, y lo peor de todo, sin mostrar un mínimo temor a Dios.
Los beneficios que según la ciencia aporta el uso medicinal del cannabis deben ser evaluados para saber qué tanto aportan para bien desde todos los aspectos sociales, y si es estrictamente necesario usarlo porque ninguno otro producto natural o sintético lo puede reemplazar por ser muy efectivo en su misión de salud o por una amplia justificación por conveniencia desde la parte económica.
Los programas del Estado para atender esta problemática de salud pública deben estar diseñados para prevenir el aumento de consumidores en todas las edades. No tiene función crear política e instituciones para atender a unos enfermos cuya gran mayoría no quieren sanarse; todo lo contrario, quieren que le ayuden para aumentar las dosis de consumo diarias porque todos creen que están consumiendo poquito y necesitan más para poder ver el mundo a su manera.
Dicen los especialistas que bajo los efectos ven el mundo sin problemas, sin necesidades, todo es color de rosa, todos somos hermanos y nadie molesta a nadie. Esto lo he leído de los reportajes periodísticos que han hecho con habitantes rehabilitados de Bronx. Para ellos eso era una republica independiente donde nadie los molestaba, por eso no volvían a sus hogares ni a sus familias para que no les dijeran que dejaran el vicio y la dependencia. Para ellos esa es la vida que merecen y a eso vinieron al mundo.
Me impactó y dolió tanto darme cuenta de que desde las cunas de los bebes colombianos estamos convirtiendo a mi Patria en un basurero. Sentí ganas de llorar, pero no pude.
Estas líneas de literatura costumbrista urbana de mi Patria Querida son denuncia y protesta contra el consumo de sustancias sicotrópicas y otras porquerías por parte de mujeres madres gestantes y lactantes de colombianitos.
¡Que desgracia tan desgraciada! Jueputa vida.
*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.
Reclamo a Dios con respeto y consideración porque soy hombre de fe y le agradezco que nos dé el libre albedrio como seres racionales; pero le pido que no permita que el humano caiga en estados de degeneración y sea capaz de hacer daño a seres inocentes como los niños.