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Aida Quilcué: coherencia y valentía
La decisión sorpresiva del Pacto Histórico anunciando como su fórmula vicepresidencial a la líder indígena, Aida Quilcué, causó escozor en un sector de la izquierda, y una sensación de tranquilidad en la derecha, quizá calificando a la recién llegada como una oponente de poca monta.
Las reacciones no son para menos. El racismo estructural al que se ha sometido a los indígenas, al igual que a los negros en Colombia, inoculado subrepticiamente desde su sistematicidad como estrategia política, social y económica por «prestigiosas y prominentes» familias y emporios privilegiados del país no está en discusión.
Desde esta perspectiva, hay que reconocer la entereza moral y la valentía del candidato Cepeda y de su Partido, en designar como fórmula vicepresidencial a una indígena de 53 años, originaria del pueblo nasa del departamento del Cauca; en un país en donde el desprecio por las diferencias étnicas, entiéndase indios y negros, es una marca registrada que revela la ignorancia y el arribismo de un sector de la sociedad que ignora o rechaza saber qué sangre es la que corre por sus venas. No conocer su ascendencia puede ser frustrante para una persona, pero muy peligroso para un país como sociedad.
Y digo esto, porque dentro de la misma lógica del racismo estructural, menos interesa el porqué del presente que aclara lo irrefutable. Me explico: cuando se conoce por la misma candidata, Aida Quilcué, que sus estudios llegan a noveno grado, la mayoría, (y me incluyo), inicialmente no dejamos de sorprendernos.
Porque claro, desde Humberto de La Calle Lombana hasta nuestros días, para no ahondar en más décadas de nuestra alcurnia política, nuestros brillantes vicepresidentes de Colombia han sido abogados, académicos, diplomáticos, propietarios de medios de comunicación, periodistas del establecimiento o politólogos de prestigiosas universidades. Todos relacionados o aliados con los apellidos más influyentes de la historia politiquera del país; algunos delfines, otros, amanuenses o secuaces de las castas tradicionales.
En cambio, cuando se habla de la educación de los indígenas en Colombia se debe señalar con énfasis que solamente el 6.7 % de la población tiene acceso a ella; lo que traduce que aproximadamente 7 de cada 100 indígenas logran realizar estudios universitarios, a pesar de que el promedio en Colombia es del 18.8 %, que sin ser lo deseado, supera en más de la mitad la participación indígena.
Y si hablamos de posgrado, solamente el 0.6 % de los indígenas de todo el país accede a esto niveles.
Como un dato adicional derrumbando el discurso demagógico de izquierdas y derechas, un factor que influye en el fortalecimiento académico es la conectividad a internet. El promedio de la cobertura en Colombia es de 43.4 %, pero en las comunidades y territorios indígenas solo alcanza al 6.4 %.
A pesar de esto, cuando se habla de llevar instituciones de educación superior a sectores deprimidos y vulnerables como el Cauca o el Catatumbo, un sector del país lo considera irrelevante y hasta despreciable, como si esos lugares no fueran habitados también por colombianos.
Su elección permite mostrarle al mundo las brechas que existen en el país.
Hasta aquí hablaré de la coherencia.
Luego de la inscripción de Quilcué como fórmula vicepresidencial, precisamente por esa discriminación enraizada, mimetizada por una educación hipócrita y clasista de una «gran sociedad» que rechaza el racismo pero es racista, Cepeda señaló con un dejo de ironía: «Aunque parezca increíble, en Colombia se requiere argumentar públicamente una decisión que a todas luces no solo es justa, sino profundamente honrosa», subrayando que más que justicia hacia los indígenas como pueblo, la elección representa una honra para el país.
El gran valor ético desde la valentía está representado en no permitir que la ambición por alcanzar la presidencia de la nación sea superior a los principios ideológicos. Que, a pesar de las consecuencias electorales, no electoreras, que puedan acarrear una apuesta tan arriesgada que reta las tradiciones más profundas y arraigadas de racismo y colonialismo, no se dejaron distraer ni seducir por los números.
Lo dijo Cepeda cuando presentó oficialmente a Aida en sociedad: «Me asombra escuchar la pregunta simplista, incluso, en nuestras propias filas de, “y ellos, ¿cuántos votos van a poner?” […] lo que aportan se mide no solamente, ni principalmente en votos, compañeras y compañeros. Nos aportan el sentido profundo de nuestra identidad como fuerza transformadora. El poder mostrar y demostrar que la sabiduría de los pueblos ancestrales está en el fundamento de nuestro proyecto político y no en el de nuestros adversarios, que con arrogancia y racismo estructural han persistido en la violencia depredadora que han sustentado gobiernos autoritarios en Colombia».
Aquí no se presenta la disonancia ideológica de otras toldas, en donde un Partido declarado públicamente, de alguna manera, adverso a los «colombianos no heterosexuales», es decir gais, invita como fórmula vicepresidencial a uno de ellos. Y él, conocedor del hecho acepta la invitación, aturdido y aún no empalagado, por alcanzar 1.255.510 votos en la Gran Consulta.
Lo que se vio en las horas siguientes a su designación por parte del Centro Democrático, fue a un Oviedo desbordado de carisma y emoción, esforzándose por declararse no uribista, pero en el partido de Uribe. Esperando cambiar los preceptos ideológicos más importantes de este Partido, como si por su llegada fueran a traicionar en la práctica lo que piensan, lo que dicen, lo que hacen. Las campañas no son los gobiernos.
Destaco la coherencia y la valentía del Pacto Histórico y de Iván Cepeda por elegir a Aida Quilcué como fórmula vicepresidencial. Y a ella, respeto por su decisión valiente de, a pesar de nuestro racismo aprendido y alimentado de prejuicios, aceptar enfrentarse a una sociedad recalcitrante, racista y mojigata que la excluye no solamente por ser mujer indígena, sino de extracción humilde, sin cartones profesionales, ni credenciales sociales.
¿De dónde venimos cada uno de nosotros?
*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.
La decisión sorpresiva del Pacto Histórico anunciando como su fórmula vicepresidencial a la líder indígena, Aida Quilcué, causó escozor en un sector de la izquierda, y una sensación de tranquilidad en la derecha, quizá calificando a la recién llegada como una oponente de poca monta.