Columnistas
Trabajadores sin salario mínimo. Un tema para denunciar en el Día Internacional de los Trabajadores
Ciento treinta y tres años después, la conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores sobrevive en medio de distracciones de derecha y un puñado de trabajadores que se consideran «de izquierda». Siguiendo de cerca, dicen algunos, conceptos filosóficos de estas corrientes.
Recuerdo que en la década de los ochenta, y aun de los noventa, los movimientos sindicalistas agolpaban un número importante de seguidores alrededor de las tarimas y las marchas; las pancartas, enseñando letras en mayúscula, regularmente rojas sobre un fondo blanco, justificaban el acto acompañadas con arengas en do mayor.
Hoy las protestas insisten en el mismo modelo de siempre, sin que la renovación llegue, ni los discursos cambien de tono y acento, ni se innove involucrando a más personas obreras y trabajadoras. Es decir, sin que se identifiquen con otras necesidades y realidades actuales.
Generalmente la lucha obrera se ha dado desde los mismos sindicatos hacia el interior de cada una de las empresas, batallando cada derecho, exigiendo cada pliego, y hasta ofrendando la vida por cada grito de denuncia. Así ha sucedido secularmente, recordando logros tan importantes como, por ejemplo, el que originó los primeros enfrentamientos entre explotadores y explotados: la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas diarias. Antes de esto, las jornadas se extendían a doce o más horas.
Y es precisamente ahí en donde todavía hoy existe un vacío humillante y profundo frente a la lucha de los derechos de los trabajadores, cuando se han olvidado a cientos de miles de personas que, no teniendo la oportunidad de trabajar en una empresa que les brinden todas las garantías de ley, terminan a merced de sus «jefes», obligadas por necesidades económicas, a retroceder a épocas anteriores de 1886, en el albor del siglo XXI.
Trabajadores a los que les han fragmentado y reducido el salario mínimo, pagándoles gota a gota; sin auxilio de transporte, seguridad social, ARL, vacaciones, cesantías, o incluso primas de servicios. Esas mismas personas trabajan «normalmente» más de ocho horas diarias, sin que ninguna autoridad oficial vigile de oficio, y castigue esta clase de explotación.
Y como si no bastara con todo lo anterior, entonces los dominicales y festivos también deben ser de obligatorio cumplimiento, seguramente por la misma miseria que han entregado altruistamente durante la semana. (Porque claro, hay que agradecerles que por lo menos les permiten trabajar).
Regularmente se les ve sin dotación, sin un horario digno para tomar sus alimentos, sin derecho a ser tratados como seres humanos. Todos estos atropellos, consentidos por una legislación lenta y defectuosa. La mayoría de las veces la justicia no alcanza a enmendar el daño que se le ha causado a esta clase de trabajadores, obligándolos de manera indirecta pero injusta, a aceptar tratos conciliatorios en evidente desventaja.
Identificar estas situaciones es demasiado fácil; si se tienen en cuenta todos los gastos básicos mensuales de nómina (salario mínimo, auxilio de transporte, salud, pensión, ARL (nivel 1), parafiscales, primas, cesantías, intereses a las cesantías, vacaciones, dotación), que pueden ascender aproximadamente a un millón cuatrocientos trece mil sesenta y cuatro pesos ($1 413 064), solo cabe una operación matemática.
El ejercicio es multiplicar la cantidad de trabajadores de un negocio por el valor arriba señalado. Esa simple operación matemática lo coloca dentro de un contexto desde donde se puede deducir si el empleador de esa microempresa o empresa, tiene el músculo financiero para remunerar justamente a sus trabajadores, o por el contrario, es un explotador que justifica su comportamiento presentándose como un bondadoso «generador de empleo».
Esta clase de situaciones deben irrumpir los primero de mayo, rompiendo con el discurso tradicional del Día Internacional de los Trabajadores en nuestro país, y reconociendo a un segmento trabajador que se encuentra abandonado en medio de su condición socioeconómica.
Es urgente que los organismos que luchan por los derechos de los trabajadores implementen mecanismos que acompañen, asesoren y defiendan a este sector vulnerable sin ninguna posibilidad cercana de redención.
Me sorprendió la comparación que hizo un líder sindical, de las marchas del primero de mayo con las columnas antiguas de una edificación, dando a entender que la conmemoración se realiza como un acto de tradición y costumbre.
¡No! Las columnas, con todos los años que tengan encima, cumplen una función primordial en la actualidad: servir de base a la estructura para que no se derrumbe.
Las marchas, en una época en donde las condiciones económicas y legales han permitido que muchos empleadores se aflojen el cinturón mientras aprietan el de sus trabajadores, deben servir para algo más que conmemorar, recordar y repetir.
Hay un sector laboral olvidado que tiene que estar en la tarima principal de las protestas y en los propósitos jurídicos para defenderlos.
*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.
Regularmente se les ve sin dotación, sin un horario digno para tomar sus alimentos, sin derecho a ser tratados como seres humanos. Todos estos atropellos, consentidos por una legislación lenta y defectuosa. La mayoría de las veces la justicia no alcanza a enmendar el daño que se le ha causado a esta clase de trabajadores, obligándolos de manera indirecta pero injusta, a aceptar tratos conciliatorios en evidente desventaja.