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Quedan algunos leones por salvar

Quedan algunos leones por salvar

Aún huele a sangre.  El León ha muerto.

Ha sido una muerte rápida, sin torturas prolongadas ni rugidos estremecedores; es posible que esto sea lo que más le haya dolido a algunos girardoteños que, de repente, sintieron que les arrancaban un pedazo entrañable y único.

Dice la tradición que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.  Desde pequeños, creciendo con un león que con el tiempo pareciera que le hubieran aplicado algo para disimular su edad, todos pasamos mil veces frente a la maleza que crecía alrededor de él, y nunca nos comedimos a limpiarlo; o mediante un oficio exigirle esa tarea al municipio. Cuántos años a la intemperie, y jamás convocamos a un grupo de amigos, formamos un comité o, también, le exigimos pintarlo al municipio.

Cuántas veces escucharon que lo iban a sacrificar porque la edad lo había postrado y era necesario reemplazarlo por uno joven, moderno y vigoroso; muchos desatendimos la situación.  Así sucedió el pasado 24 de enero que a sabiendas de que iban  a «socializar», para cumplir con un requisito,  su inmolación como tributo a nuestro innegable progreso y desarrollo, algunos prefirieron un pésimo reality  en lugar de escuchar la realidad.

¡Ninguno de nosotros!, el dos de febrero, cuando el gobernador de Cundinamarca coleccionaba aplausos para la caja inútil de sus egos, bajo la mirada impasible y resignada del león moribundo, nos acercamos a reclamarle, a solicitarle, a exhortarle como girardoteños que dejara al león tranquilo.

Así las cosas, todo me lleva a pensar que este no será el mayor acto iconoclasta que veamos. Porque es que hablando de patrimonio Girardot sí que tiene para contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…y hasta más. 

Hemos visto, no de manera exprés como con El León, cómo algunas construcciones, zonas, barrios, a pesar de ser considerados por expertos, patrimonios de la casi ciudad, han mutado ante la mano irresponsable de unos y la condescendencia dudosa, endémica y perjudicial de otros; exactamente de quienes han manejado este tema durante décadas en la alcaldía municipal de Girardot.

Se creería que ante un dolor tan prolongado, no de días sino de años, la indignación popular debería haber aflorado; ¡qué va!, no es así.

El monumento más grande que tenemos, la Plaza de Mercado, continúa deteriorándose, no solo por los años que le han caído uno por uno encima, sino por la soledad a la que la mayoría de girardoteños la han sentenciado, prefiriendo los «fruver» y las grandes superficies. 

Y como si la agonía de este gigante arquitectónico no satisficiere la inclemencia del desprecio por lo histórico, entonces también lo acompañó en su desgracia la Iglesia San Miguel.   

El arquitecto restaurador Gonzalo Buendía Rodríguez, de manera exaltada se pregunta qué razón existió para que cogieran un edificio tan antiguo y se «pusieran a inventarle cosas».  Parte de su estructura, según Buendía, como las tejas y algunas columnas en madera, fueron cambiadas por elementos de otro material, lo que apunta a una remodelación mas no a una restauración.

Adentrándonos en el centro, llegamos al antiguo Club Unión, obra majestuosa que los arquitectos Gonzalo Buendía y Orlando Barragán Bergaño consideran una de las más valiosas del municipio.

Tanto lo era que (sí, dije «era»), en la edición 144 de la Gaceta de Girardot, de enero de 2001, en la página 38, aparece este inmueble incluido en el Inventario de Elementos de Valor Patrimonial.  Pero ya en la Gaceta de 2011, edición 81, en la página 155, no aparece el antiquísimo Club Unión, ni catorce inmuebles más. (Hay que buscar la explicación en Planeación Municipal, para entender cómo un inmueble, que como lo dice el arquitecto Buendía, «era una proeza de ingeniería», prácticamente de un día para el otro termina excluido del listado élite).

No muy lejos nos encontramos con el Hotel San Germán, joya de la historia girardoteña.  Él sí aparece en la edición 81 de la Gaceta de 2011; la misma que en el parágrafo 3°, del Art. 66, del Acuerdo 024 del mismo año, en uno de sus apartes dice exactamente: «Del listado número 8 de elementos de valor patrimonial, los siguientes predios, corresponden a los que no podrán sufrir modificación alguna en sus elementos estructurales, morfológicos, de diseño, estilo y en general todas las características que determinan su declaratoria como inmueble de conservación, ya que son testimonio fiel de un momento histórico en el desarrollo de la ciudad, en lo económico, social y cultural, por lo que se toman (sic) invaluables que por tal motivo se deben acometer acciones prioritarias a corto plazo para restaurarlas y recuperar su estado original […]».

No sabemos si posterior a esta fecha el Hotel San Germán fue también excluido del Inventario de Elementos de Valor Patrimonial.  (Punto para indagar).

A menos de ochenta metros se encuentra la Estación del Ferrocaril, considerada en el Decreto 746 del 24 de abril de 1996, Bien de Interés Cultural del ámbito nacional. Hoy ya están invadiendo su espacio con tienduchas mal armadas para vender cachivaches por artesanías...¡y pa´l carajo el patrimonio cultural! (Muchos de los que recién lamentaban el fallecimiento del félido de la carrera décima con calle veinte, hoy estarán comprando chimbadas sobre un patrimonio cultural del municipio).

Hacia el occidente nos encontramos con el barrio Saavedra Galindo Quintas Ferroviarias, conocido popularmente como barrio Las Quintas.  Aquí han librado una feroz batalla veedores como José Nevio López Botero y el arquitecto Orlando Barragán Bergaño, intentando salvaguardar el contexto arquitectónico del sector; tema que no ha sido del todo positivo, permitiéndose que se modifiquen construcciones que rompen con la armonía del lugar.

Así lo califica Buendía cuando establece que en este barrio « […] la belleza es un conjunto arquitectónico compuesto por un número importante de casas; el solo hecho de que una casa cambie, quiere decir que ya todo ese conjunto se ha estropeado […]».

Podría seguir enumerando leones famélicos, enclenques, atemorizados, dispuestos a huir, si pudieran, para evitar esa mutación que los aleja de la historia de Girardot y a Girardot de su propia historia.

En medio de los últimos estertores del león, que era más un valor geográfico que artístico, su muerte será valiosa en la medida de que el nativo y los que han decidido tomar a Girardot como su hogar, recapaciten y actúen,  no desde la pantalla inútil y anónima del Facebook, sino desde las leyes y los recursos jurídicos.

De no ser así, veremos muchos más leones caer, uno por uno, sin que ni siquiera la Junta de Conservación del Patrimonio Histórico, Cultural y Arquitectónico de Girardot ose rescatarlos, tal vez porque no todos los que la integran saben que defendiendo el patrimonio se protege a Girardot del ostracismo histórico-cultural que lo amenaza literalmente.

*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.