Columnistas
¿Palabras equivocadas o malintencionadas?
Intentar defraudar la palabra, ridiculizarla para que se esconda silenciando la verdad, desollarla como una papa lista para tostar, es una amenaza para cualquier democracia que se yerga fuerte y altiva, o que tambalee zigzagueante y aturdida como la nuestra.
Este gobierno ha querido, incluso desde antes de sentarse en su trono, diseñar un país en donde las realidades se pierdan envueltas en sofismas y tergiversaciones teñidas de sarcasmo, para ver si entre las risas estúpidas y los chistes sorpresivos, esta Colombia de violencia y desigualdad absoluta, se confunde y termina llamando correcto a lo retorcido.
Expresiones como las de la vicepresidenta de la república, Martha Lucía Ramírez, afirmando con una facilidad pasmosa que el tema de la corrupción en Colombia es un mito, empieza a reflejar la trascendencia de que las palabras sean utilizadas para crear un imaginario conveniente únicamente para quien lo sabrá aprovechar.
El mito es «un relato tradicional que se refiere a unos acontecimientos prodigiosos, protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios, tales como dioses, semidioses, héroes, monstruos o personajes fantásticos, los cuales buscan dar una explicación a un hecho o un fenómeno. […]». ¿Será demasiado simbólico y mítico para nuestro país el tema de la corrupción, cuando no hace más de una semana el gerente ejecutivo de Transparencia por Colombia, señaló que en el país se han esfumado en dos años más de 17 billones de pesos por corrupción, principalmente a nivel municipal?
Lo anterior muy ligado «filosóficamente» al análisis ligero que hiciera tiempo atrás María Fernanda Cabal, cuando en el 2017 afirmó que la masacre de las bananeras es «un mito histórico de la narrativa de los comunistas […]». Todo porque para ella los números publicados no coinciden con los que considera es la realidad. Pero resulta que las masacres no están sujetas a números mínimos ni máximos, sino que es «una matanza conjunta de muchas personas, por lo general indefensas», según lo define la RAE.
Seguramente los «autores mitólogicos», como Gabriel Fonnegra, periodista e historiador colombiano, autor del libro Bananeras: Testimonio vivo de una epopeya, no tuvieron en cuenta solamente el número de víctimas, sino también las condiciones en las que se presentó la tragedia y quén la provocó.
Pero para continuar con narrativas recientes, está la que en su momento lanzó Darío Acevedo cuando aparecía en febrero de este año como candidato para ser el director del Centro de Memoria Histórica. Dijo en una entrevista para el diario El Colombiano: « […] aunque la ley de víctimas dice que lo vivido fue un conflicto armado eso no puede convertirse en una verdad oficial». Es decir, haciéndole coro a su jefe de partido, él también considera que los 7.7 millones de desplazados internos que registró Colombia en el 2017, ubicándola como el primer país con este fenómeno en el mundo, por encima de Siria, no manifiesta un estado en conflicto armado. ¿Será entonces otro mito?
Igual de diciente puede ser la reciente declaración del embajador de Colombia ante la OEA, Alejandro Ordóñez, señalando que «La dictadura de Nicolás Maduro, […] hace parte de una agenda global para irradiar en la región el socialismo del siglo XXI, para ello la migración y las alianzas transcontinentales son parte de la estrategia para concretar ese propósito».
Deduce el ilustre embajador entonces, ¿que la cantidad de venezolanos que nos encontramos caminando deshidratados y desnutridos sobre la margen de las carreteras colombianas, son kamikazes venezolanos adoctrinando y dispersando su ideología socialista por todo el continente? ¡Vaya imaginación!
No ha valido de nada, al menos hasta la hora de publicar este artículo, el llamado que le ha hecho el canciller Carlos Holmes Trujillo, para que rectifique lo dicho. Continúa silente, hermético, lejos de obedecer órdenes superiores. Utilizando palabras acordes no a la realidad, sino a lo que necesita hacer ver y creer a aquellos que usan ojos ajenos para entender.
Toda esta andanada de malabares semánticos y atajos idiomáticos, van encaminados a establecer un modelo único en donde los que hoy gobiernan puedan acomodarse a sus anchas, aprovechando que manejan casi todos los hilos del Estado, y desde allí adaptar cada minucia por la que se hicieron elegir.
Si bien estos ejemplos tienen que ver principalmente con la manera de manipular estratégicamente algunas palabras, para ir construyendo el imaginario que ellos necesitan y les conviene, van ligados a hechos que no buscan la igualdad ni el equilibrio social. ¿Recuerdan al ministro de defensa, Guillermo Botero Nieto, en su momento designado, sentenciando que el nuevo gobierno debía regular las protestas sociales, que deben representar « […] los intereses de todos los colombianos y no de un solo pequeño grupo»?
¿O cuando a Andrea Olano y Carlos Chica, periodistas de RTVC, sistema público de Radio Televisión Nacional de Colombia, por orden de las directivas, según ellos, no pudieron hacerle preguntas en la entrevista al presidente Duque sobre sus primeros 100 días de su gobierno? Se llegó a decir incluso que el programa «La señal de la mañana», orientado por estos dos periodistas, no saldría más al aire.
Dos semanas antes de este hecho, ya empezaban a alumbrar luces de alerta. El programa «Los Puros Criollos», inmediatamente después de que su director Santiago Rivas denunciara públicamente anomalías que, según él, tenía la Ley de la Televisión Pública, terminada la emisión del capítulo se les informó que por cambio de parrilla no saldrían más al aire. Después algunas cargas se enderezaron.
Pero también un representante a la cámara por el Centro Democrático presentó un proyecto de ley, en donde se pedía sanción para aquellos profesores que «ideologicen» a los estudiantes, salvo algunas excepciones en cátedras de Sociales o Historia, siempre y cuando se den con «criterios de objetividad». Lo que no fue claro, al menos para el suscrito, fueron los temas y cómo se comprueba que se «ideologiza», y quién y cómo se determina el «criterio de objetividad». ¿Con subjetividad? ¿Estaría amenazada la libertad de cátedra con este proyecto?
De cómo las palabras se van desfigurando para que tengan otras formas, otro olor, otro color y otros sonidos, se origina el mundo que se inventa hasta hacerlo realidad. Es la antirecreación de la verdad, maltratando la sindéresis y echando por tierra las vidas reales de las gentes.
*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.
Dice el ilustre embajador entonces, ¿que la cantidad de venezolanos que nos encontramos caminando deshidratados y desnutridos sobre la margen de las carreteras colombianas, son kamikazes venezolanos adoctrinando y dispersando su ideología socialista por todo el continente? ¡Vaya imaginación!