Columnistas
¡Ira!
No cabe duda de que esta Semana Santa, Semana Mayor, o mejor, temporada de vacaciones, volverá a ser como las de años antes de la pandemia. Es decir, con escasa santidad, pero abundante sobredosis de lascivia, lujuria, baile, glotonería, todo lo que traiga placer al cuerpo y venere al dios Eros y sus compañeros, sin atención alguna para el alma y el espíritu.
Y digo esto, porque está más que demostrado que es cuando se activan todos los pecados capitales.
La soberbia, prenda exclusiva de fanfarrones, trepadores y arribistas (léase para todos los géneros). ¡Ojo!, se asolearán en la azotea de la casa en un barrio estrato uno, y se jactarán de haberse tostado en las playas de San Andrés o Cartagena.
La avaricia desbocada de ciertos comerciantes, transportadores, avezados y mañosos vendedores, actuando como acumuladores compulsivos (de dinero) antes de que no vuelva a repetirse otra resurrección de Jesús.
Lujuria a granel, a toneladas, en ebullición constante, sobre todo en aquellas tierras calientes réplicas modernas de Sodoma y Gomorra, en donde el rubor no existe para aquellos convencidos de que el placer está en la carne y no todo entra por los ojos.
Habrá gula, sin lugar a duda. Así más de 21 millones de personas vivan en la pobreza, 7.4 millones en pobreza extrema, o el 30% de los colombianos coma menos de tres veces al día. Aquí cabe modificar dos máximas para crear una nueva: «Barriga llena, corazón que no siente».
La envidia se reactivará con mayor fuerza en aquellos a los que el incremento del salario pírrico a un millón de pesos, esta vez tampoco les alcanzó para aventarse, al menos, hasta la Ciudad sin las Acacias, o la Ciudad de las Piscinas, destinos relativamente baratos del centro del país.
La pereza aparecerá, quiérase o no, para casi todos. Viajeros consumados, o sedentarios acostumbrados a permanecer lejos de aglomeraciones y desórdenes. No hay manera de espantarla en una temporada como esta. ¡Pero claro!, no estoy refiriéndome a los más de cinco millones de trabajadores informales, que pase lo que pase en la cruz de los lamentos, deben salir a pelearse el alimento para sus críos, flagelarse hasta conseguir para cubrir los cobros excesivos de las tarifas de servicios públicos, y pagar el arriendo antes de que el arrendador los crucifique.
¡Sí, la ira!, no la he olvidado.
Ira, mucha ira porque viviremos otra Semana Santa bloqueados por trancones vehiculares en todas las esquinas y calles destrozadas de la casi ciudad.
Ira, porque, aunque digan que llegarán cientos de policías y ojos vigilantes, los ladronzuelos continuarán merodeando y acechando 24 horas, todos los días de la semana, en camino para capturar a sus víctimas. Sin que nadie se atraviese para impedirlo.
Ira, porque probablemente los semáforos continuarán apagados o mimetizados detrás de ramajes frondosos, arriesgando la vida de los que por allí transiten.
Ira, porque el comité de bienvenida y de expresión cultural para los turistas serán los contenedores de Ser Ambiental rodando por las vías y andenes de la casi ciudad, rebosantes de basuras y animales carroñeros.
Ira, porque la glorieta, que debería llamarse El Algarrobo, por la connotación histórica que significa, se presentará en Semana Santa sin ornato. Esto, sin saberse si es suficiente para la cantidad de vehículos que ingresan por el sector de Ricaurte en puentes festivos.
Ira, porque no se cansan de prometer y prometer la recuperación del espacio público, cada vez más irrecuperable; de controlar los precios y vigilar la venta de pescado en la Semana Mayor; de proteger bienes y vida de los ciudadanos, de mejorar la movilidad. De todo lo habido y por haber, sin que nada se realice con responsabilidad.
Ira, porque los inamovibles y atornillados de la cultura en la casi ciudad no proponen actividades culturales propias para un público del siglo XXI, con espíritu innovador y creativo, que motiven como atractivo turístico.
Otra Semana Santa vacacional sin aleluyas para la casi ciudad.
*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.
Ira, porque los inamovibles y atornillados de la cultura en la casi ciudad no proponen actividades culturales propias para un público del siglo XXI, con espíritu innovador y creativo, que motiven como atractivo turístico.