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En el día del hombre, hablemos de la mujer

En el día del hombre, hablemos de la mujer

Me he visto obligado a investigar de dónde y cómo nació el Día Internacional del Hombre, que se celebra (¿o conmemora?) el 19 de noviembre en varios países del mundo.

Esperaba encontrarme con una situación similar a la que enmarca el Día Internacional de la Mujer, que aunque tiene dos o tres versiones diferentes, todas apuntan a la lucha por «la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo», como lo deja claro la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En Colombia se ha optado por celebrar el Día Internacional del Hombre el 19 de marzo.  La razón parece ser porque en esta fecha la Iglesia Católica celebra el día de San José, «modelo de silencio y de humildad».  Sí, ya sé que no concuerda con algunos aspectos propios de nuestro machismo, pero prefiero dejar esos avatares a otros que se identifiquen con el modelo.

Pero volviendo al tema principal, precisamente hoy me encuentro con un artículo de Mar Candela, columnista de El Espectador, publicado la víspera del honrado Día del Hombre.

Y comienza con una verdad lapidaria: «La emancipación feminista en Colombia es equiparable a un espejismo».  Y con esto no quiero despertar los ánimos violentos y agresivos de quienes no compartan mi posición, o que estando en alguno de los dos bandos, machista o feminista, descuelguen un discurso prosaico queriendo revelar, más que compartir, su sapiencia y sabiduría.

Me llama la atención porque no mas hace algunos días todos despertaban con una flor en los labios celebrando un día que de celebración no tiene absolutamente nada, sino de conmemoración.

Pero si, ese juego semántico ya está raído y es menor a la realidad social que vive la mujer en Colombia y en muchos otros lugares del mundo. Pero por ahora, centrémonos en Colombia.  No sea que como con Venezuela, por estar entrometiéndonos en los problemas ajenos descuidemos adrede los nuestros.

En el 2018 se cumplieron los primeros diez años de la creación de la ley 1257 de 2008, que principalmente combate la violencia contra la mujer.  Ley que instruyó al Ministerio de Defensa, al de Salud, al Instituto de Medicina Legal, Defensoría del Pueblo, Ministerio de Educación, a aplicar «medidas efectivas para poder llegar a la equidad que tanto se ha hablado y […] disminuir esas cifras de violencia contra las mujeres». 

Casi once años después expertos y víctimas consideran que Colombia no ha aplicado la ley, exhibiendo vacíos notables en los temas de justicia, salud y educación.

Pero hoy no quiero ahondar en estadísticas, que por cierto son escabrosas y vulgares si se pone en contexto la vulnerabilidad en la que se encuentra la mujer dentro de nuestra sociedad.  Los números ya no importan para determinados casos, porque nadie los lee, y si los leen, a muy pocos importa.

Es mejor decir que las celebraciones o conmemoraciones, como estas, son un recurso inútil que solamente soluciona la escasez de material a los medios de comunicación, colman de dinero el comercio, agregan más basura a las redes sociales, y ocultan realidades, que como en el caso de las mujeres, permite que la sociedad dedique más tiempo en un día a saludos y regalos, que el que debe invertir durante un año encaminado a concienciar, prevenir y protegerlas, no como seres débiles e incapaces de defenderse, sino como agentes activos de la sociedad, como seres humanos y como formadoras, desde su mismo útero, de futuros colombianos que tienen la difícil tarea de recuperar una sociedad cada vez más en retroceso en lo moral, espiritual y en lo civil.

Razón le asiste a Mar Candela cuando escribe que «quieren hacernos creer que, porque estudiamos, trabajamos, tenemos diferentes opciones y estilos de vida, ya es suficiente».

Lo que se pide para la mujer no son retazos de unos derechos consagrados para ambos géneros por igual.  Y dentro de esos derechos inalienables que no se perciben ni en las curvas, hay que empezar por los más elementales: el derecho de caminar por la calle sin ser acosadas por el tamaño de sus senos, la altura de su falda o la curvatura de sus piernas; o el derecho de solicitar empleo sin que la prueba psicotécnica sea reemplazada por una sexual.  Decidir a quién amar, cuando procrear o cuando terminar, sin que esto último resulte ser una sentencia de muerte explícita, ignorada culturalmente.

Que cuando de reclamar y protestar se trate, su valentía y su fuerza sean igual de valoradas y ponderadas como cuando un hombre manotea, grita o golpea una mesa.  El derecho a ser escuchada y sus conceptos sopesados, no por lástima o equidad, sino por respeto y dignidad.

Urge un sistema de educación que les inculque a nuestros niños y niñas que la diferencia de sus órganos genitales no los separa como seres humanos, y que no determina destrezas ni torpezas.  Que las diferencias conceptuales deben ser resueltas con argumentos y diálogos respetuosos, en donde la violencia no cabe bajo ninguna justificación.

Hay que aportarle más a la sociedad.  Mujeres menos feministas y hombres menos machistas; hombres menos feministas y mujeres menos machistas. Necesitamos hombres y mujeres trazando el mismo sendero. Sin bromas sexistas ni discriminatorias.

Sin competencias absurdas de fuerza o de inteligencia. Sin la paranoia de género que bloquea en lugar de construir, que maltrata en lugar de reconocer, que agrede en lugar de valorar, que anula en lugar de igualar, que resquebraja en lugar de restaurar.

*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.