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El Teatro Cultural no puede volver a ser la valla publicitaria más grande de Sudamérica

El Teatro Cultural no puede volver a ser la valla publicitaria más grande de Sudamérica

Cuando era pequeño veía cómo los politiqueros, con su séquito de desempleados y vagabundos, embadurnaban cada pared del pueblo para ensuciarlo con su grosera y vulgar publicidad política.

Como un paso a la civilidad y al respeto, no solamente de las ciudades sino a las edificaciones en donde abusivamente colgaban sus arengas escritas, este comportamiento ha sido regulado hasta el punto de que hoy no se observa esa clase de propaganda en las paredes ni postes de la mayoría de las ciudades del país.

Pero no era solamente la patanería de colocar carteles coloridos y exagerados milimétricamente apretados unos junto a otros, sino la enajenación adrede de no retirarlos una vez finalizada la farsa electorera. Los ganadores, a pavonearse orgullosos demostrando la efectividad, no de su publicidad callejera, sino de su chequera. Los perdedores, vociferando fraude y traiciones terminaban rumiando su derrota en las sillas oxidadas de los cafés del pueblo, jurando ante Dios que en las próximas elecciones arrasarían con sus adversarios; es decir, los triunfadores.

Hoy todo ha cambiado.  Los trogloditas estúpidos y generadores de contaminación visual, además de otras que no son del caso, han desaparecido por la fuerza.  Pero quedan algunos desenfocados que continúan adoptando comportamientos retrógrados de los primeros.

En la pared del Teatro Cultural Luis Enrique Osorio, en Girardot, han estampado groseramente una publicidad, ¡vaya ironía!, para promocionar, dicen ellos, un acto cultural. Volantes, uno tras de otro apretados contra la pared con cinta pegante, sin el menor recato ni tacto para no empeorar lo que ya de por si es deplorable.

Hay que decirle a los anunciantes u organizadores que como primera medida es de quinta categoría estar empapelando las paredes de esta casi ciudad, contradictoriamente, para promover cultura. Porque si bien es cierto es de pésima presentación para cualquier evento que se pretenda divulgar, más lo es que a través de un comportamiento a todas luces inculto, absurdamente, se invite a un acto que en teoría debería construir a través de la cultura.

Como segunda medida, que como gestores culturales o algo parecido, va en contravía de lo que se pensaría pretenden construir cuando además de ensuciar las paredes de la casi ciudad, exactamente del Teatro Cultural Luis Enrique Osorio, colocan sus hojas de papel bond sobre el mural que está allí pintado.

Si bien es cierto que hoy sábado, horas antes de publicar este artículo, accidentalmente me percaté de que ya había sido retirada la propaganda del mural, esta estuvo a la vista del público algunos días anteriores. Durante el tiempo que haya sido, fue un equivocado mensaje que se envió, ensuciando una obra, que aceptada o no por los girardoteños, es producto de una inspiración y de un trabajo artístico, tan respetable como cualquier otro. Anotando que no toda la pared fue despojada de propaganda; un pequeño residuo quedó en uno de sus costados.

¿Qué ciudad acaso creen que están construyendo?, cuando en pleno corazón de este cada vez más maltrecho pueblo la bienvenida que se le da a los visitantes se resume en una decena de hojas con cinta pegante sobre la imagen de una obra artística? 

¿Para qué mejorar el ornato de la ciudad con leones rejuvenecidos, aspas del progreso apuntando hacia el cielo, si una cuadra después de los $1000 y más millones invertidos, los comprometidos en hacer cultura apuntan una parte de la imagen de Girardot hacia el suelo?

Hemos sido inferiores a nuestros antepasados cuando de proteger, cuidar y mantener en buen estado el Teatro Cultural Luis Enrique Osorio se trata. Es suficiente con la  miserable situación en que se encuentra, desmoronándose desde su misma altura, para que ahora, como un gran aporte a lo que consideramos el epicentro subutilizado de la cultura en Girardot, lo volvamos a convertir en la valla publicitaria más grande de Sudamérica.

Recuerden que, en el 2015, con el auspicio del alcalde de turno, a punta de cincel y maceta tumbaron de manera bárbara y abrupta el mural construido por cerca de 250 niños de Girardot, liderados por las artistas Tadea Ibirico, Norma Victoria Varón Caicedo y Alfredo Quijano.  En cambio de él, y como un culto que se rinde a la ignorancia elevándola a la magnanimidad de los demonios, apareció la valla más grande de Sudamérica: la pared del Teatro Cultural. Desde allí, desde las afueras de una herencia dejada por mujeres y hombres cultos de la década de los sesenta, se invitaba al público a emborracharse hasta embrutecerse en los conciertos ramplones que presentaban en el acabado estadio Luis A. Duque Peña.

Hemos vuelto sobre nuestra lamentable historia.  Hoy no son los alcaldes ignorantes, ni los habitantes de la calle los que menoscaban las paredes del teatro cultural. Son los que menos deberían, precisamente por su formación intelectual y por lo poco o mucho que le deben a este recinto que no se termina de parar.

Lo anterior con el agravante de que una de las instituciones que respalda el evento es el Ministerio de Cultura. ¿Sabrá la manera como se promocionan los eventos que respalda?

Todo lo que se programe para la construcción de ciudad a través de la cultura es bienvenido.  Pero debe existir la coherencia para no caer en la contradicción de hacer creer que pegar papeles, avisos, propaganda, publicidad en las paredes, y peor, sobre obras artísticas, es un acto cercano a la cultura.

*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.