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El kilómetro que le cuesta a Girardot $20 000 millones

Muy poco se ha hablado en Girardot sobre las 123 esculturas que se van a colocar a lo largo y ancho de la carrera 14, desde el sector de La Locomotora hasta la ya ausente discoteca La Playa, con un valor nada despreciable de $10 000 millones.
Como para una experta costurera, aquí sí que hay tela para cortar. Porque no solamente se está hablando del costo de las esculturas, sino que la intervención urbanística del sector vale $9301 millones; dentro de ese mismo paquete se habla de la recuperación del Parque Gaitán, mal referenciado como el Parque de las Pizzas, con una suma aproximada a los $1724 millones.
O sea, el «audaz» proyecto conocido como Parque Lineal del Sol llega a los $19 301 millones, al que hay que sumarle la intervención del Parque Gaitán para estar hablando de un total cercano a los $21 025 millones.
Desde que conocí la intención de enterrar $10 000 millones para la elaboración y puesta en escena de 123 esculturas, o las que sean, me pareció un despropósito monumental. Más, cuando en la relación de inversiones que aparece justificando el empréstito por $37 640 millones, los $10 000 millones se encuentran encantadoramente acomodados en el ítem de cultura.
Querer proponer que la casi ciudad pueda crecer en su urbanismo y ornato para que, de alguna manera, aporte a nuestra cacareada vocación turística, no voy a negar que es loable, pero en una situación diferente. Y no lo digo por el difícil camino pedregoso por donde transita financiera y socialmente la casi ciudad, sino por el mendigante estado en el que se encuentra la cultura en Girardot, sin ninguna necesidad.
Porque vaya que son miles de millones de pesos, que, con el pretexto de fortalecerla, hemos visto esfumarse, mientras que, a ella, a la cultura, se le viste con el siempre mal oliente y desgastado traje del absurdo.
Permítanme hacer una analogía: imagine su casa con unas deficiencias estructurales importantes que pueden costar $20 millones. Pero que, por un antojo del más caprichoso (en nuestro caso ambicioso) de la familia, deciden invertir esa cantidad en unas lámparas Baccarat, las mismas que colgarán cerca de las cien goteras que tiene el techo de su vivienda.
El parangón no es descabellado, ni siquiera exagerado. Basta con entender que una de las razones para llamar a Girardot «casi ciudad», es porque ni siquiera tiene una biblioteca pública que pueda llenar las expectativas medias de un estudiante en bachillerato. Hay que recordar que no podemos hacer inventario con la Biblioteca del Banco de la República porque no nos pertenece, es prestada, y como tal, hoy está y mañana quién sabe.
Entonces, la realidad son tres tristes bibliotecas públicas que yacen grises en el amarillento inventario del Instituto Municipal de Turismo, Cultura y Fomento (IMTCF): San Lorenzo, abandonada a su suerte; en la del barrio La Esperanza llueve más adentro que afuera. Y la del barrio El Diamante, no precisamente tiene los mejores conceptos de la comunidad.
Y si la discusión, bisoña y miope, debe centrarse en ladrillo y cemento, qué falta que hace invertir en el teatro Cultural Luis Enrique Osorio; o la ya enclaustrada y vetada para el público, Casa de la Cultura, en donde rejas y candados custodian una cultura lánguida, triste y exigua.
Pero si la discusión quiere hacerse con altura y verdaderos propósitos de construcción de ciudad, deberíamos estar hablando del ser humano, de la persona, del ser como esa unidad multiplicada por cientos de miles, que constituyen el alma de las poblaciones y comunidades.
¡Girardot tiene pendiente una urgente inversión en su gente! Niños y jóvenes llevan esperando años para que su mil veces vencedora Banda Musical y de Marcha tenga los mejores instrumentos, y sus integrantes los mejores uniformes y atenciones; para que Girardot realmente tenga un grupo de teatro que no sea prestado, sino que literalmente pertenezca a las entrañas de sus escuelas de formación como parte integral de la Casa de la Cultura.
La banda sinfónica continúa siendo un sueño de muchos niños y jóvenes que han aguardado años y años, para que el pueblo que espera invertir $10 000 millones de pesos tenga de pronto, no sé, $30 o $40 millones para la compra de sus instrumentos. Niños, jóvenes y adultos mayores continúan ansiosos de que sus escuelas de danza se robustezcan y tengan la posibilidad de despuntar más allá del parque Bolívar de su misma casi ciudad.
Y así la escuela de artes plásticas, que no tiene Girardot. O el taller de literatura, o la integración de la comunidad afrocolombiana desde sus raíces y valores artísticos y culturales para lograr una amalgama de saberes y sentires.
Nunca, invertir en el ser humano será una equivocación, así como nunca tendría que ser un tema para aplazar. No desconozco la importancia que la obra del maestro Luis Eduardo Suárez Gaitán tiene como producción artística; pero cuando hay que abrir el espectro y nos encontramos con urgencias no atendidas, y variables que comprometen el futuro inmediato de esta obra y su inversión, hay que decirlo de la mejor manera, pero contundentemente.
Sigue primando el cemento, el hierro, la fibra de vidrio y el ladrillo sobre la música, la danza, las bambalinas y los acordes. Para que los próximos candidatos a la alcaldía de Girardot, en las décadas siguientes, continúen refiriéndose a la «deuda histórica» que han dejado sus antecesores.
¡Payasos de payasos!
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