Piel Adentro
La dama de los gatos
Lo de los gatos lo comenzó, cuenta ella, hace cerca de 11 años. Además de alimentar a los callejeros que puede, también los lleva a esterilizar y ayuda con uno que otro perro. Haber cumplido con la formación de sus tres hijos, todos profesionales, le da la tranquilidad y el tiempo suficiente para dedicarse a esta obra que solo las almas grandes pueden emprender.

Desde el inicio del mundo uno de los pocos animales, si no el único, que ha sobrevivido a la historia en medio de simpatías y odios, es el gato.
Y si de dignidades se trata, Bastet, diosa del antiguo Egipto, encabeza la lista. Pero también están los odiados y malhumorados como Asrael; o el que detesta los ratones y los lunes como Garfield, sin olvidar el Gato con Botas, lleno de astucia y arrojo, logrando que el hijo menor de un molinero contrajera matrimonio con la hija del rey.
Por fortuna la mitología y la caricatura tienen el privilegio de transitar entre la ficción y la imaginación. Pero en la selva de cemento, en donde a demasiados humanos se les ha inoculado todos los defectos mostrándose mezquinos y asquerosos, o, por el contrario, las virtudes y privilegios gatunos son bendición para aquellos que los poseen, la fábula se extravía y salta a la luz el hombre, sencillo en su hechura, repleto de demonios o de amores.
La mujer de la que voy a hablar está colmada de amor. Mientras la acompañaba, siguiéndola en su motocicleta dirigirse a cada uno de los puntos en donde los gaticos la esperan con una puntualidad que asombra, llegaba a la conclusión de que en el mundo hay dos tipos de personas: las que se empeñan en destruir lo que encuentran a su paso, y otras, como Beatriz Helena Gómez Moncaleano, dispuestas a enfrentarse al mundo entero, si es necesario, para proteger un don que no tiene distingos de especies, ¡la vida!
Ella, si quiere llegar antes de que los vecinos que la insultan, despierten, cerca de la casa derruida en la esquina de la calle 20 con carrera 11, debe estar allí a las cinco de la mañana. A esa hora comienza su periplo matutino, afanada por alimentar a algunos gatitos que, abandonados, intentan sobrevivir al desprecio irracional de seres irracionales.
Estudió hasta los diecisiete años en el colegio La Presentación en Girardot. Enamorada, se casa y parte para Bogotá, en donde termina sus estudios dedicándole todo el tiempo a sus tres hijos, artífices de su hogar.
Lo de los gatos lo comenzó, cuenta ella, hace cerca de 11 años. Además de alimentar a los callejeros que puede, también los lleva a esterilizar y ayuda con uno que otro perro. Haber cumplido con la formación de sus tres hijos, todos profesionales, le da la tranquilidad y el tiempo suficiente para dedicarse a esta obra que solo las almas grandes pueden emprender.
Aunque acepta que desde siempre ha sentido un amor especial por todos los animales, «me parece que el gato es más vulnerable, o sea, le hacen más daño. Entonces como tenía tanto tiempo libre empecé en esto.
Yo andaba mucho en bicicleta y les iba a llevar a donde los veía, pero esto se fue creciendo porque yo ya comencé a encontrar colonias con su mamita, sus bebés. […] Ya me hice a jaulas trampas, me hice a guacales; entonces los cojo y los llevo a esterilizar. Cuando son bravos los cojo con jaula trampa […] y los tengo por ahí dos días en mi casa mientras que se despiertan bien y se les puede dar algo de medicamento; y vuelvo y los suelto en la misma parte donde los atrapé».
Hoy está alimentando según sus cálculos, 80 gatos abandonados en Girardot.
EL PRIMER GATO
«Esta historia verdaderamente comenzó por la vía Nariño; yo venía con mi nieto en bicicleta y vimos un gatito pequeño ahí, entre el monte, entonces todos los días me dediqué a llevarle comida para ver si lo podía coger, porque era una niña, pero jamás pude cogerla. Entonces ya comenzó a dar crías. Entonces ahí es donde yo comienzo a coger las crías; o sea, como se iban arrimando al platico entonces iba cogiendo las crías, las llevaba a revisar y volvía y se las dejaba ahí. Pero ni con jaula trampa pude coger la mamita».
A partir de esa experiencia, como quien rescata a un niño recién nacido, las personas que la distinguen le indican en dónde se encuentran los gatos abandonados para que ella los auxilie. «Señora Beatriz, mire que en tal parte hay gatitos. Como ejemplo, la casa abandonada en la esquina del Colegio Americano hay un poco de chiquitos. Yo voy, miro, y comienzo a dejarles comida».
SALE A LAS CINCO DE LA MAÑANA PARA QUE NO LA INSULTEN
Cuando comenzamos a hablar sobre la casa ubicada en la esquina del Colegio Americano, sobre la carrera once, comienzo a descubrir que para doña Beatriz Helena no resulta fácil la tarea. Como si se encontrara en el diván, empieza a desahogarse, relatando los obstáculos que tiene que sortear para poder llegar hasta sus criaturas.
«Un vecino de por ahí me pregunta, ¿qué hago? Le digo que los estoy alimentando. Me dice: “No los alimente, porque esos gatos hay que sacarlos de ahí". Le dije que a me interesa más es operarlos. “Pero por dónde entro, por dónde entro, si esto está abandonado”. Y me dijo: “Si usted los puede coger, yo le doy permiso por mi casa”. Saltando tapias, con jaulas trampas los cogí; eran más o menos ocho gatos y seis gatas, que, si yo no las hubiera llevado a esterilizar, ¿cuántos gaticos habría en este momento? Yo estoy hablando más o menos de cuatro años.
Y bueno, la señora presidenta de la junta de ahí del barrio, […] me puso muchos problemas. Y bueno, yo busqué la manera por un huequito… les meto y ahí sigo.
Por eso salgo a las 5:00 de la mañana para que nadie me moleste, para que nadie me ataque. Porque a uno lo atacan por alimentar un gato. A las 5:00 de la mañana me encuentran ahí, metiéndoles por debajo, como puedo, comida y agua».
Asegura que otras vecinas del sector la atacan cuando hace su ronda; convencida de lo que está haciendo me dice: «Si me tengo que ir a las 3:00 de la mañana para que nadie me vea, me voy a las 3:00 de la mañana».
UN GATO TRAE MÁS GATOS
Como si los dioses de los felinos entendieran que tienen una aliada que no se deja amedrentar ni vencer, la han llevado por cada uno de los recovecos de las calles por donde habitúan estar los gaticos abandonados para que los socorra. «Andando a esas horas encontré un gatito, luego al otro día dos gaticos, ahí ya van tres gatos; a una cuadra abajo exactamente, como quien va hacia el Gaitán. Luego llego al Gaitán y ahí también hay una casita y hay dos gatitos afuera. Pero ya no llegan las dos gaticas, sino que ya me llegan más o menos siete.
Frente al ferrocarril, donde está el negocio de las pizzas, hay una bodega y un lote abandonado, ahí es la misma tarea; se esterilizaron más o menos ocho gatos y gatas. Les llevo comida, ahí les dejo. Espero que coman y recojo. Y los del Gaitán […] Ahí en ese hueco sí les pongo su plato y me voy, y sigo a la vuelta del Éxito de la plaza, ahí les coloco también; todos esterilizados. Eran como doce gatos, no quedaron sino cuatro porque los matan los carros, o los envenenan».
Después de visitar a cada uno de sus protegidos regresa a su casa entre la 6:00 y 6:15 de la mañana, no solamente a iniciar los quehaceres del hogar, sino que tiene que preparar una olla grande de sopa de menudencias para llevar en la tarde a los gatos de los Talleres Municipales y una bodega de la ETB, en el barrio Rosablanca.
EL APOYO DE SU FAMILIA
Resulta imposible cada vez que se conocen historias como la de doña Beatriz Helena, no preguntarse cómo lo asimila su esposo; de qué manera sus hijos la acompañan. Es decir, ¿su familia tiene el mismo sentir?
Primero habla de la relación con su esposo: «pienso que desde que yo cumpla mis obligaciones, mis deberes, no hay problema. Inclusive me ha acompañado; cuando es el día sin carro hemos salido a las 4:00 de la madrugada. Él me acompaña, él me lleva y todo lo que es del día. O sea, lo que yo hago también en la tarde lo hacemos a esa hora. Yo dejo la sopa preparada el día anterior, y a esa hora vía Nariño, talleres municipales, todo eso lo hago.
Me tiene que alcanzar hasta antes de que entre la hora del día sin carro. Entonces él sabe lo que yo hago […] Él sabe que me voy para esterilización, que llego a las 10:00 o 10:30 de la mañana; que llego a correr, o sea, él sabe».
Pero no es solamente el tiempo que se dedica a visitar los diferentes sectores en donde se encuentran los gaticos, se trata también de que, en la casa, en su hogar, hay más de un gato producto de esta vocación. «Él se da cuenta que no es que yo los quiera, ni es que yo los traigo, y que hago hasta lo imposible por darlos en adopción. Lo que yo tengo acá, la mayoría son las mamitas con todos sus bebés. Los bebés los sacó adelante, los doy en adopción. Pero las mamitas, por lo adultas, nadie me las adopta».
Dentro de la casa puede haber quince o veinte gatos, y afuera en la calle otros quince. Hablando de los que se encuentran de la calle, dice: «Su merced puede venir a las 5:30 de la tarde y ya están todos esperándome. Están ahí afuera esperando, vienen de otras partes. No sé si es el olor que los atrae, no sé. Pero son muchos, diez o quince, pero no son todos míos. Llegan, no sé si es por el olor de la comida. Y ahí tienen su agua y tienen su comida».
EL DINERO NO FALTA
En una época, en donde la situación económica provoca las quejas por la carestía y la escasez de dinero, no deja de sorprender el desprendimiento de esta señora por lo material, brindándoles bienestar a decenas de animalitos que ni viven con ella, ni tiene responsabilidad con ninguno de ellos.
Hay que tener en cuenta, por ejemplo, el combustible de la moto, el concentrado, las vísceras para la sopa, el gas domiciliario, las esterilizaciones, todo suma y se convierte en un dinero que, podría pensarse, faltaría en la casa.
Pero no. Así como los gaticos tienen a su hada madrina y protectora, ella también, gracias a la escala de generosidad del Universo, es protegida y rodeada por almas altruistas.
«Gracias a Dios con el concentrado me ayudan. Conocí una señora hace más o menos unos 3 o 4 años por el asunto de las jaulas trampas, y ella se dio cuenta de lo que yo hacía. Ella tiene una fundación en Bogotá, entonces comenzó a ayudarme. Me ayuda con los medicamentos, me ayuda con el concentrado.
Yo tengo amigas inclusive en los Estados Unidos y saben lo que yo hago; les envío videos y me ayudan con el concentrado. Es más, me pueden enviar dinero y yo lo saco del banco, me voy inmediatamente, compró el concentrado y les envío por el celular el recibo de compra.
De mi bolsillo a veces las esterilizaciones, con lo que me ayudan mis hijos. Yo pienso que es como un sueldito que yo me gano y que puedo disponer de él como yo quiera. Entonces con lo de las esterilizaciones y lo de la menudencia, que son más o menos $3000 de menudencia diarios. El gas no llega muy caro, llega por $24 000 o 25 000 al mes».
Pero junto a los costos propios de su vocación, también el medio de transporte se fue transformando; inicialmente el caballo que utilizaba era una bicicleta “color mostaza”, que soportaba pesos, formas y tamaños de los diferentes recipientes que transporta para conquistar un pequeño pedazo de mundo. Entonces ocurrió que «Cuando mi hija se dio cuenta que yo en bicicleta me iba con bolsas y todo, entonces me dijo un día: “hay una promoción en el Éxito, camine vamos y la miramos, para que haga esa tarea en moto”. Hace 4 años tengo moto».
LOS GATOS DE LOS TALLERES MUNICIPALES: SU GRAN DOLOR
En Girardot, bajando hacia un sector conocido como El Gólgota, se encuentra a mano izquierda el garaje de los talleres municipales. Precisamente en este sitio es en donde esta titánica mujer ha tenido, posiblemente, uno de sus mayores dolores y más fuerte frustración.
«En los talleres municipales me cerraron las puertas, no me volvieron a dejar entrar a alimentarlos. Yo entraba a esos talleres hace más o menos 10 años; comencé a entrar porque ellos mismos me llamaron que ahí había una gatica. Entonces esa gatica se me creció, nunca la pude coger, me tocó con jaula trampa, pero era muy difícil colocar una jaula trampa en donde había más o menos unos diez o doce gatos. Entonces la tuve puesta hasta que esa gata que necesitaba la cogí, y de ahí comencé a llevarle de comer.
Pero ya las normas de seguridad han cambiado, ya no puedo ingresar si no es con permiso, porque si me pasa algo entonces el problema es para el municipio. Pues yo lo entendí..[...] entrar por el ITUC para alimentar los de los talleres municipales, que son más o menos quince gatos, todos mandados a esterilizar por mí. Allá no pueden decir es que “aquí hay ratas y no hacen sino parir…” No, todos están esterilizados.
El primer día fue traumático llamarlos, pues ellos siempre estaban sentaditos así, en filita, esperando a que yo entrara caminando; entrar a ponerle la comida […]».
A medida que avanza con su relato la emoción empieza a entristecer su rostro, y a medida que va formando frases con palabras entrecortadas, su voz se resquebraja y lagrimas comienzan a resbalar por sus mejillas. “[…] para mí ese primer día lloré mucho, lloré mucho porque son como mi segunda familia, ellos son como mis hijitos y dependen de mí. Y no solamente en una parte, hay muchas partes. En el barrio de la Colina también; la familia se fue, una familia que me daba permiso de darles de comer. Se fueron del todo para Bogotá… ya me botan las vasijas, me voltean las vasijas, me le botan el concentrado, no tienen agua. Esto es una lucha muy dura. De pronto si yo tuviera un apoyo de alguien, un sitio que me dieran donde yo me los llevara a los que están en la calle y no ponerle problemas a nadie”.
LOS PROBLEMAS TAMBIÉN LLEGAN AL BARRIO
Pero si por los otros lugares llueve, por el lado de su casa no escampa. Esa afinidad con los gatos, que realmente a nadie debería afectar, también le ha traído desavenencias y disgustos con vecinos en donde reside.
Cuenta que desde el mismo momento que llegó al sector, aproximadamente cuatro años, los inconvenientes llegaron; «el señor administrador de ese conjunto me atravesó un día la camioneta, me dijo que ya parara, que ya no más, porque me veían llegar con los guacales; pero pensaban que era que yo llegaba y traía gatos.
No, yo llegaba acá porque los de la calle yo los traigo a recuperación a mi casa, entonces obviamente llegaba con huacales. Me dieron duro, la lucha duró hasta que un día mi hija lo puso en la raya y le dijo: “No más, mi mamá no está sola, y ustedes no entienden lo que mi mamá está haciendo. Si esta problemática es de la alcaldía, del municipio, no es de mi mamá; antes mi mamá lo que está haciendo es frenando, queriendo frenar esto”, que es imposible, es imposible», sentencia Beatriz Helena.
También un concejal, del que también prefiero omitir el nombre, comenzó a asediarla insistentemente, cuenta ella, hasta que su hija «lo puso en la raya y le dijo:" en lugar de estar atacando a mi mamá usted lo que tienen que hacer como concejal es ayudar a mi mamá, porque igual esto es un problema del municipio, no de mi mamá"».
No siempre los inconvenientes llegan porque ella quiere. Sucede que las personas al saber que ella rescata a los gaticos, entonces van y le dejan en la puerta, como pasa en los conventos con los humanos, cajas con crías recién nacidas; ella está convencida de que es la misma persona, cada temporada, endosándole una responsabilidad que le corresponde exactamente al propietario de la mascota.
Al término de nuestro diálogo aun aflora la pesadumbre y el dolor por lo que tienen que vivir sus gaticos en los talleres municipales. El pasado 11 de junio, cuando un representante de la secretaría de infraestructura le informó que no podía volver a ingresar a alimentar a los gatos, un hueco se le abrió en su corazón. Ese tormento vivirá en ella, hasta el día que consiga un sitio para poder llevarlos sin exponerlos a ningún peligro.