Crónica y Reportaje

El cuerpo y el alma separados por el exilio

«En Venezuela no había futuro. No hay futuro para nosotros los jóvenes; yo tuve que tomar una decisión por mí y por sentir orgullosos a mis padres. Por un buen futuro para mí, para mis futuros hijos».

El cuerpo y el alma separados por el exilio

La palabra «diáspora» tiene un sonido especial, particular, casi poético.  Hay algo de almibarado en su pronunciación que disfraza la tragedia que puede esconderse detrás de ella.  La tragedia de la emigración masiva, del desplazamiento forzado, del desarraigo, de la vida truncada.

Pero como una enfermedad invasiva, de tanto compartir con ella, termina aceptándose, acostumbrándose a su estadía, conviviendo en la cotidianidad que en lugar de aterrar desenfrena instintos morbosos e indignantes, hasta xenófobos.

La esclavitud de los africanos desde tiempos casi que inmemoriales, los refugiados sirios originados en parte por la Primavera Árabe en el 2011; Colombia exhibiendo los números más vergonzantes por desplazamiento interno y externo a nivel mundial, producto obsceno del conflicto armado, que en plena época de posconflicto continúa con nombres y actores diferentes.  Todos han contribuido para adormecer y convencer de que son fenómenos normales dentro de una humanidad anormal.

Hoy le ha correspondido a Colombia devolver un poco de la solidaridad que han recibido sus compatriotas en otros países.  Según el censo de Migración Colombia de venezolanos que se encuentran irregulares en el país a corte de octubre de 2018, entre aquellos que superaron el tiempo de permanencia y los que ingresan a Colombia por sitios no autorizados,  el número asciende a 218 098 personas.

A Carlos Eduardo Montilla Cubillán, venezolano nacido en el estado de Zulia hace 23 años, lo encontré trabajando, como a cientos, en una heladería de un lugar céntrico en la ciudad de Girardot.

Impecablemente vestido, exhibe un corte de cabello con visos de Schwarzenegger, acompañado de una escasa barba lejana al estilo «candado».

Es como si la tristeza del exilio le hubiera arrebatado la risa de su rostro, para dejar en él únicamente la expresión de la amabilidad que siempre porta como bandera tricolor.

La primaria la estudió en la escuela privada Ramiro Antonio Parras; en ella únicamente estudian los hijos de empleados de PDVSA.  Sus estudios secundarios los cursó en el Ramiro Antonio Parras Bueno.

Aunque las palabras a veces se atragantan y es como si se rehusaran a salir, Carlos Eduardo permitió que nos adentráramos en su vida, para poder transmitir y entender cómo se vive y afronta un exilio.

Terminada la secundaria ingresa inmediatamente a estudiar Ingeniería Electrónica, en Urbe, Universidad Rafael Belloso Chacín, «[…] una universidad privada, privilegiada en Venezuela»; nos lo dice con un orgullo que no puede desprenderse de un gesto de melancolía.

Explica Carlos Eduardo que en Venezuela las carreras no se adelantan por semestres sino por trimestres; por eso al hablar sobre sus estudios universitarios dice: «No logré terminar mi carrera.  Llegué hasta el noveno trimestre de Ingeniería Electrónica.  No logré terminar por la situación como estaba».

Interrumpir los estudios por el escenario escabroso que desde esa época se vive en Venezuela, es entendible; pero ¿qué lo impulsó a irse del país?  Se lo pregunté con el cuidado de no abrir heridas aún no cicatrizadas.

«[…] En Venezuela no había futuro.  No hay futuro para nosotros los jóvenes; yo tuve que tomar una decisión por mí y por sentir orgullosos a mis padres.  Por un buen futuro para mí, para mis futuros hijos».

Y continúa diciendo, «Una decisión dura con respecto a mi familia y a mí como individuo.  Tomé la decisión y logré venirme a Colombia con un primo; mi primo es ingeniero electrónico […]».

Van a ser las tres de la tarde y ha llegado un cliente a la heladería; la compañera de Carlos Alberto le cubre la espalda ayudándole a atender las mesas mientras él permite preguntas que lo obligan a devolverse a un aciago pasado.

Quería conocer cómo fue su exilio de Venezuela. ¿Cuánto hace que salió de allí y cómo vivió ese momento?

«Llego hace un año y cuatro meses, si no me equivoco.  Llegué un 9 de julio, vía terrestre. […] del Estado de Zulia […] para irme a la frontera con Cúcuta y San Cristóbal son 13 horas de viaje desde mi Estado, en donde estaba situado.  Con el peligro, con miedo a que vayan a robarnos, a quitarnos lo que llevamos para el viaje.  Como tal, en frontera no hubo ningún problema, Gracias a Dios». 

«Logré pasar la frontera gracias a Dios a Cúcuta; de Cúcuta camino a Bogotá donde me esperaba mi hermana, ingeniera Industrial».

Pasar la frontera sin ningún inconveniente era la prioridad inicial.  Pero una vez ubicado en el municipio en donde pensaba radicarse, llegaba una necesidad urgente, ¡trabajar!

«Primero que todo venía con el pensamiento de que tenía que trabajar. Económicamente no estaba bien, lo que traje de Venezuela era muy poco. […]  llegué a Girardot […] tres días caminando todo el centro, buscando trabajo, y al cuarto día de mi llegada a Girardot, ya tenía trabajo, gracias a Dios». 

Pasado el tiempo  Carlos se percata de que el número de compatriotas en Girardot es más del que imaginaba y comienza a relacionarse con algunos de ellos.

«Hay una comunidad, sin exagerar; y nosotros somos hermanos, los venezolanos, y empleamos una buena relación; nos comunicamos, nos saludamos.  Tengo un amigo que lo hice acá en Colombia que es venezolano; un barbero muy buena persona.  Se llama Cristopher; […]  él es de Valencia, yo soy del Estado Zulia; he conocido a muchas personas, muchos venezolanos acá, y nos hemos llevado bien».

La vida en Girardot puede ser tranquila y agradable cuando se está de paseo o sin preocupaciones.  Pero para un joven como Carlos Eduardo, que se encuentra obligado por las circunstancias políticas de su país a vivir aquí, es totalmente diferente. De ahí que la conversación no tiene viso farandulero ni intención ociosa, sino por el contrario, intenta hacer entender una situación (la del exilio) saturada de decenas de interpretaciones; algunas egoístas e inhumanas.

Hablando un poco del orden público en el interior de su país recuerda que afortunadamente ningún compañero suyo ha caído en las revueltas o manifestaciones adelantadas en expresión de protesta; fue un «no» que no sustrae de la historia vidas de desconocidos desaparecidas.

«No.  Pero en mi universidad un compañero, por decirlo así, lo asesinaron.  Incluso la universidad tuvo que cerrar por varios meses por el incidente, pero no lo conocía como tal.  Nos conocíamos de vista».

«Un amigo que sí es muy cercano a mí, lo hospitalizaron; duró 9 días hospitalizado por culpa de la Guardia Nacional, por los incidentes que están ocurriendo en Venezuela».

Carlos parece no querer saber nada de Resistencia, ni de motines ni de violencia.  Pero la realidad, cuando vivía en Venezuela era evidente y traspasaba su cuerpo cada vez que respiraba.  Por eso sin pertenecer a ningún movimiento recuerda a «un grupo que hacía llamarse Resistencia, defendiendo los valores de nuestro país.  Porque por más que estemos […] es donde nacimos y donde queremos estar. Estemos bien o estemos mal, en cualquier parte del mundo, ¡pero siempre vamos a querer estar en nuestro país!»

Lucha por ahuyentar a la muerte de su vida; recuerda que un conocido suyo sí había fallecido; pero inmediatamente indica que es «un incidente que no vale la pena recordar».

Pero sí hay una duda para resolver sin querer lastimar a Carlos Eduardo. ¿Qué diferencia social, moral e ideológica existe entre los jóvenes que se quedan en Venezuela haciendo la Resistencia con los que salen del país?

«Todos tenemos una visión diferente.  Incluso, a lo mejor ellos lo hacen por su familia; yo salgo de mi país por mi familia y por mi futuro.  Yo pienso que problema con problema no se soluciona.  […] la Resistencia, como bien llamamos el grupo, ocasiona problemas y yo no estoy de acuerdo con eso. ¿Sí me entiendes?  No los juzgo porque no soy quién para juzgar y cada quién es de libre albedrío.   Son decisiones que uno debe tomar señor, en su vida personal.  Nadie en la vida de uno se debe meter.

Yo respeto las decisiones de los que están allá, los que están defendiendo a Venezuela; de los que están en el grupo de Resistencia los respeto.  Y la verdad siento un gran dolor, aparte del respeto, porque creo que no es justo todo esto.

Creo que no es justo que haya problemas; creo que no es justo que estemos pasando por necesidades o estén pasando por necesidades.  Estemos, (enfatiza), porque la verdad yo, aunque esté comiendo bien, aunque esté durmiendo bien, cómodamente, tengo mi familia y a amigas, amigos, […] siempre hay un sentimiento con ellos y para ellos».

Pero entonces, ¿cuál es el camino correcto para tomar?, le pregunto.

«No sabría decirle señor, no sabría decirle.   […]  Ya he visto todo, sin duda alguna; todos los métodos que se pueden en las decisiones tomar (sic). Para que el presidente tome buenas decisiones con respecto al país, con respecto a nosotros los venezolanos, con respecto a todo lo que lleva y lo que influye a un país como Venezuela.  ¿Me entiende?.

Dejémoslo en manos de Dios.  La verdad es el mejor camino que uno puede tomar.  Hemos visto la Resistencia […] como para que se dé cuenta el gobierno que hay alguien que está defendiendo el país.  Que aquí hay muchos que todavía lo quieren, que todavía esperan y creen que Venezuela va a volver a ser la misma de antes». 

Vista la solución desde la perspectiva de que sea a través de Dios que se llegue a la solución del conflicto venezolano, ¿cómo sobrelleva Carlos la distancia con su familia?  ¿Asimilarlo es fácil?

«Todos los días me comunico con ellos señor, todos los días.  Tanto con mi hermana como con mis padres. Despierto con ganas de estar en mi casa, obviamente con ganas de poder verlos, con ganas de vivir lo que un día Venezuela fue, ¿entiende?

Es difícil, es difícil, no le niego que es difícil todo esto; pero creo que vale la pena, que valdrá la pena para mi futuro, para el futuro de mis hijos; estar aquí es una de las razones y de los motivos, querer lo mejor para mí.  Y pues en eso estoy señor, en eso estoy».

Las dificultades pueden llevar al hombre a terrenos insospechados.  Y esos cambios pueden, en un momento dado, proporcionar enseñanzas que solo viviendo una crisis se aprenden. 

Carlos piensa que  «la vida es un cambio constante, ¿me entiende? He aprendido que la vida es un cambio constante, estar en lo bueno y en lo malo.  Que en la Biblia dice que la mayor virtud del hombre es su adaptación.  A lo mejor es cierto, pero es difícil, es difícil adaptarse a todo este cambio tan repentino que sufrió mi país y que sufre.  El pasar de su país de origen a un país con diferentes culturas, con diferente educación.  Sentimentalmente me siento un ser diferente … en todos los aspectos, hasta físicos».

Colombia, el país que lo ha acogido y respaldado de cierta manera, ¿ve su futuro en este país?

Luego de reflexionar, sin contestar con apresuramiento, de manera franca manifiesta que «no está en mis planes terminar mi carrera acá en Colombia, la verdad no. Para serle franco tengo que tomar una decisión, exactamente a más tardar el año que viene, en enero; terminar mi carrera o seguir trabajando acá en Colombia». 

«Yo sé que me espera algo bueno, […] ya en enero se cumpliría el plazo de los dos años que me dieron en la universidad para terminar mis estudios para graduarme.  Como tal me afectaría también, […] por la situación del país […] voy a tener que pasar necesidades y no estoy acostumbrado a eso. No me acostumbré ni espero acostumbrarme; entonces una decisión bastante dura, bastante difícil.  Incluso porque graduado no voy a ganar lo mismo que la misma entrada económica que tengo en estos momentos […] estando allá graduado o no graduado; son decisiones que tengo que tomar y pues por ahora este año lo pienso terminar acá trabajando».

Durante la entrevista Carlos Eduardo menciona mucho a Dios.  Tanto que le confiere la potestad a Él de solucionar el problema en Venezuela.  Por eso cuando le preguntamos si cree fervientemente en Él la respuesta es una:

«Claro, muchísimo, yo creo completamente en Él y sé que lo que está pasando en este momento en cualquier parte del mundo está pasando porque lo decidió así. Esto tan duro que está pasando en Venezuela, está pasando por algún motivo y […] va a prosperar Venezuela con el favor de Dios.  El Supremo tiene muchas bendiciones y va a cubrir con los mejores de los éxitos a este país tanto como a mi país.   Claro que sí creo.   La verdad que sí».

Luego de esta conversación que desnuda a pedazos y llama a la razón, pasé a ser el entrevistado.  Me preguntó por los candidatos presidenciables, por Petro, por los subsidios.  Esa parte la publicará seguramente Carlos en el libro difícil que le ha tocado escribir desde el fondo de su alma.