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Reflexiones de Semana Santa desde la visión de monseñor Jaime Muñoz Pedroza, obispo de la Diócesis de Girardot

Nosotros siempre tratamos de echarles la culpa a los demás, y lo más fácil es echarle la culpa a Dios.

Reflexiones de Semana Santa desde la visión de monseñor Jaime Muñoz Pedroza, obispo de la Diócesis de Girardot

Dios en la extensión de su significado no puede representar tristeza, monotonía ni anquilosamiento.

Monseñor Jaime Muñoz Pedroza es un ejemplo claro de ello. Obispo de la Diócesis de Girardot desde hace un poco más de dos años, orienta su iglesia y predica la palabra de Dios con una naturalidad y humor fino que en lugar de sorprender, agrada y cautiva discretamente.

Oriundo de un pueblito boyacense llamado Ciénega, «que no aparece prácticamente en el mapa» como él mismo lo señala, ha logrado confundir involuntariamente en algunas partes a donde ha llegado: «Cuando me nombraron obispo de Arauca, entonces al llegar allá me decían, “¿a ver cuál fue el costeño que llegó?”. Razón a que confunden Ciénega con Ciénaga».

Bachiller industrial de la época de los 70, reconoce que en ese momento no era tan fácil, menos para un joven, decir: «voy a la misa, yo me confieso, peor todavía decir que se iba para el seminario». Era una época, recuerda monseñor, de una influencia muy fuerte por el momento histórico que se vivía, al punto de que « incluso yo digo en ocasiones que las matemáticas a mí me las enseñaron así: dos, Marx dos, es igual a cuatro. Pero bueno, eso explica un poco el ambiente», relata jocosamente Jaime Muñoz Pedroza.

Estudió en el Seminario Mayor de Tunja, en la Universidad Javeriana, en Roma, para posteriormente llegar a ser rector y profesor en el mismo Seminario durante 23 años.  

Hoy es el obispo de la Diócesis de Girardot. Excelente oportunidad para un Jueves Santo conocer sobre conceptos terrenales que confluyen necesariamente en Dios, vistos desde el catolicismo.

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MONSEÑOR JAIME MUÑOZ PEDROZA

La Semana Santa como tal, no. Porque los hechos de la vivencia de Jesús siguen estando ahí, están a través de los evangelios, y la humanidad lleva más de 2000 años celebrando ese acontecimiento. […] incluso las mismas celebraciones, no.

A ver, una Semana Santa siempre comienza con el Domingo de Ramos, y a los ocho días tendremos el Domingo de la Pascua, y el jueves se tiene allí la institución de la Eucaristía, el sábado la Vigilia, eso no cambia.

Cambian tal vez algunas cuestiones culturales desde el momento que se está viviendo. Y esto va un poco de acuerdo a los momentos históricos, de acuerdo a lo que esté viviendo la humanidad.

Entonces la humanidad se parece un poco al péndulo. El péndulo hace un movimiento de un extremo al otro, y hay momentos en los cuales se llega como a una especie de olvido, como de relajamiento, pero ese extremo del péndulo inmediatamente llama al otro, entonces se vuelve nuevamente a toda esta parte de las tradiciones.

En este momento estamos viviendo un momento histórico, como de una especie de incertidumbre, […] pero si uno lee signos, ya tocará mirar esos signos a qué vienen.

Por ejemplo, ¿qué hay?, un grupo de jóvenes. Ya no son tan sueltos, uno aquí, otro allá, pero cada vez más aparecen jóvenes que están buscando esa dimensión del espíritu. […] están cansados de un mundo que se volvió tan banal, un mundo que no tiene significado, y ellos entonces comienzan a buscar, «bueno, pero aquí debe haber un algo más».

Con motivo de la pandemia […] me impresiona a veces, hay personas que yo diría, «este nunca cree en Dios, este nunca siquiera le dirá a Dios que existe o que tiene algún significado para su vida». Pero cuántos, en los momentos de secuestro, de cosas de estas salen a invitar al país a hacer oración.

[…] en estos días leía un testimonio de un personaje italiano, importante empresario […], y él decía, «bueno, yo que he andado por todo el mundo, ¿dónde no he estado?, pero después de estar por la pandemia en la Unidad de Cuidados Intensivos, o por lo menos allá viendo la vida que se acaba, he llegado a una cosa, es la importancia que tiene la salud, valorar la salud.

Dijo: «frente a todo esto yo no puedo cambiar un viaje a no sé dónde, disfrutar, tomarse lo que sea, comerse lo que sea, en relación con lo que significa la salud».

Y al final también dice, […] «y es que tengo que ir al santuario». Bueno, por allá un santuario de la virgen en Italia, «y tengo que ir a dar gracias por el don de la vida».

Entonces cuando uno escucha a este personaje dice: oye, este habla de fútbol, habla de goles, habla de todas esas cosas, pero al final dice, yo necesito esa dimensión de Dios.

P.P. ¿Qué Iglesia es la que ha venido construyendo o «modernizando» el papa Francisco?

MONS J. M. P. Él la definió en una entrevista para una revista italiana. Dice, es una Iglesia como en un hospital de campaña después de una guerra. Dijo, es una Iglesia que tiene que estar ahí para atender a tantas personas que están heridas por una cantidad de dificultades, de problemas que la vida les ofrece.

Entonces en ese momento dice: esa Iglesia de atender, de escuchar, de oír al sufrimiento que tiene la humanidad.

P.P. ¿Y cómo recibió la Iglesia Católica ese cambio, esa «revolución»?

MONS J. M. P. Yo creo que es más una percepción externa que interna. Es más cuestión interna que externa, y mucho de eso lo elaboran los medios. Entonces el papa no es que haya cambiado tantas cosas, eso venía desde antes. Venía desde siempre ese movimiento, y ahí lo que aparece es el elemento circunstancial […] el momento histórico que se está viviendo y tiene que entrar a responder a ese momento histórico […] y aparece como si fuera una gran novedad.

P.P. Parece que hoy en día es difícil ser un buen samaritano. Hemos perdido la confianza, ¿pero también hemos perdido la sensibilidad frente al dolor de los demás?

MONS J.M.P. Es una crisis que está viviendo la humanidad generada por una idea del confort como signo de felicidad, el tener, el poder, y esa es la felicidad.

Pero, también es un momento en el cual se da cuenta que eso no es así. Que ese tener, que ese poder no es la felicidad.

Y hay la otra parte, ese sistema del péndulo es muy importante, ¿por qué? Porque uno encuentra muchos jóvenes, también personas mayores, que se meten en estos caminos de la solidaridad con los demás. Hoy hay muchos elementos de solidaridad, de querer trabajar por el otro, no lo hacen a nombre de Dios, no lo hacen a nombre de la fe, pero igual la semilla de la solidaridad está ahí.

De tal manera que sí hay una crisis, […] cada uno es quien cada uno, y quiere simplemente vivir por sí mismo sin tener en cuenta al otro, Pero también hay una apertura hacia los demás, también hay una sensibilidad que va naciendo para ayudar a los demás. […] entonces, si se da la ocasión, si hay quién motive, la gente tiende a ser solidaria.

P.P. ¿Cómo analiza la Colombia actual, sin tener en cuenta la pandemia?

MONS J.M.P. Es un pueblo que tiene muchos valores en sus raíces, tiene muchos valores todavía en su familia, tiene muchos valores en sus regiones, solo que en este momento es como cuando un río se crece en una tormenta, y en esa tormenta todo se vuelve gris. Nada se ve, se nubla, todo como que desaparece.

En este momento estamos como en una especie de tormenta, una tormenta por tantas cosas; muy marcados por esta cuestión de la plata fácil […] de muchas maneras plata fácil.

En estos momentos tenemos elementos de eso, pero si uno comienza a hablar con cada persona, cada persona tiene la añoranza de algo mejor, de algo distinto, de algo nuevo. Entonces hace falta un poco de crear ese aspecto colectivo que haga resurgir toda esta parte de lo que hay en el corazón de las personas.

Sí, el momento es de fiesta, de gran cosa, como un desorden. Pero el pueblo colombiano internamente es un pueblo que es sensible, es un pueblo que es amable, es un pueblo que valora a las personas. Si bien es cierto que tenemos unos terribles índices de violencia, pero, aun así, en el corazón mismo de la gente me parece que está […], son momentos históricos.

Ahora, ¿cómo acelerarlo para que eso pase? A veces toca esperar que el río se calme […] eso lo aprendí por lo menos en Arauca, dicen: «Monseñor, viene la crecida, aquí nos toca esperar tres horas». Después de tres horas la crecida del río pasa, comienza a aclararse, comienza a verse…y en un determinado momento hay que esperar un poco.

Tal vez es un momento de espera, pero una espera activa. Yo no me puedo sentar a mirar que la creciente pase. Cómo ir construyendo esperanza, ese sentido de la fraternidad, de la solidaridad, del valor del otro, creo que eso lo tenemos que hacer, y lo tenemos que hacer todos.

Hay una cosa muy importante y es no religiocizar temas. Hay cosas que las convierten. Este tema pareciera ser específicamente religioso, pero es un problema de todos, es algo que nos corresponde a todos, creyentes, no creyentes, lo tienen que hacer.

P.P. ¿Monseñor, considera usted que al Proceso de Paz en Colombia se le ha dado el rumbo y el tratamiento adecuado?

MONS J.M.P. Yo pensaría que se parcializó la paz. […] Incluso, esto comenzó a dividirse entre los que quieren la paz y los que no: «este no quiere la paz porque no piensa como yo pienso, porque no lo hace como yo lo hago». Pero eso no significa que no quiera la paz, lo que pasa es que no la quiere como yo la quiero, no la piensa como yo la pienso, no la desea como yo la deseo, pero igualmente lo hace.

Entonces es llegar a un momento en el cual todos nos demos cuenta de que la necesitamos, que tenemos que trabajar por ella, y ahí sí tal vez.

Como dicen, cada quien habla de la feria según le vaya en ella, aquellos que han estado en situaciones muy complicadas, muy difíciles, pues entienden que eso se necesita. Esto tal vez lo aprendí en la anterior región en donde estuve, que es mirar y decir, «oiga, aquí toca llegar a buscar unos acuerdos».

Ahora, el problema es que a veces se ponen unas metas altas e imposibles de cumplir. Entonces dicen que lo óptimo es enemigo de lo bueno, por querer lo mejor a veces no se llega a lo bueno.

Monseñor Luis Augusto tiene una cosa muy importante, decía, «en Colombia hay dos guerras: la guerra grande, la externa, esa que se vive allá. Pero hay otra guerra que es muy complicada, que es la guerra al interior de las familias […]», hay unas guerras que son terribles.

Y a esa guerra no se le está trabajando. Sucede que a esa hay que trabajarle porque de alguna manera de ahí generan sentimientos, pensamientos, maneras de comportarse que van a influir […].

[…] El papa tiene una expresión muy bonita, él dice que la paz es una obra de orfebrería, y la orfebrería no se hace como se hacen las botellas de Coca-Cola, en serie y todas. Es una cosa que hay que hacerla con cuidado, hay que hacerla con la mano, hay que hacerla despacito.

P.P. No quiero ser recalcitrante sobre el tema, ¿pero usted cree que se han manejado bien los mecanismos para alcanzar la paz en Colombia?

MONS J.M.P. Eso es como la pelea de esposos. Si uno de esposos pelea, y acaban de ponerse los ojos negros, y vienen a hablar con el obispo y le dicen, bueno, ¿qué hacemos? Yo les digo: no, pues abrácense inmediatamente y se dan un beso. ¡Eso es una cosa que no se da!

Hombre, traten de calmarse, esperen, tal vez este momentico no será, son las ocho de la mañana, pero yo espero que a las seis de la tarde ya por lo menos sean capaces de encontrarse sin tener que tratarse mal.

Son procesos, nosotros queremos saltar procesos, no queremos hacer procesos. Y al no hacer procesos eso no resulta.

P.P. Se escucha decir recurrentemente monseñor, que los jóvenes de ahora «no sirven para nada». ¿Está de acuerdo con esa apreciación? ¿Son los jóvenes los que no se acoplan al mundo actual, o los padres modernos no están preparados para formar a sus hijos?

MONS J.M.P. Hay un momento en la confirmación que es orar por el que va a ser confirmado, y normalmente yo les pido: «miren, todos vamos a orar, pero especialmente los papás oren por sus hijos».

Se quejan, este es terrible, este es así, y normalmente les digo, mire, hijo de tigre ¿cómo nace?, pintado. De tal manera que no se queje tanto, que son sus hijos.

Entonces, ese muchacho que está ahí, en parte es obra suya. En parte, porque en buena parte hoy están los medios, que no son los medios sino lo que transmiten lo que puede influir.

Los jóvenes están pasando por un momento difícil. Dijéramos, si uno ve para los adultos incluso, hacia el horizonte no es que haya metas muy claras para muchas personas, no las hay. Para un joven que apenas está comenzando la vida, pues en este momento ¿que ve en el horizonte?, trabajo. […].

Ahora, no significa que sea una generación perdida, están ahí como unos niños en recreo que esperan es, convóquenos, organice, mire, para dónde vamos a ir, para dónde tenemos que marchar.

Y a veces pasa como con los niñitos también, que piden el consejo a quien menos deberían pedírselo. Entonces llegan allí, miren, la felicidad está en esto, entonces consuma esto, consuma lo otro, y el chico llega y ahí se frustra una vez más.

¡Gran tarea tenemos todos con la responsabilidad con los jóvenes, con los niños!

Lo otro también es que el cambio generacional es más rápido. ¡Hay una propaganda que a mí me asusta!, porque es una propaganda que decía por allá, «vieja mi hermana que ya termino primaria».

Antes decían, los cambios generacionales son después de 25 años, después de 20, y hoy dice ya una niñita que terminó primaria, usted ya es vieja, o sea usted ya pertenece a los arcaicos y está muy lejos.

[…] entonces, perdidos, yo no creo. Lo que sí se necesita es que los adultos nos pongamos de acuerdo para mostrar horizontes, no para decirles lo que tengan que hacer, mostrar posibilidad de horizontes y mostrar horizontes positivos.

P.P. Desde lo teológico, ¿cómo explicar que en el mundo el 1% de la población más rica posea el doble de lo que tiene el 89% del resto del mundo? Estoy hablando de la acumulación de riqueza.

MONS J.M.P. Desde la teología, fácil. Porque Dios dice que eso es lo que Él no quiere. Primera cosa.

Y por el otro lado, ¿por qué pasa?, pasa por una realidad de pecado. Desde la teología eso nosotros lo llamamos una realidad de pecado. Significa, lo que no debe ser, lo que no tiene que ser, y eso es negativo al plan de Dios, es opuesta al plan de Dios.

Dios creo a los seres humanos, pero al que creo no le dijo, aquí le entrego la escritura para que usted sea dueño de esto.

¿A qué se debe eso desde la teología?, que no se oye a Dios. ¿Qué es lo que Dios me pide?, que tenemos que amarlo, que tenemos que ayudarnos, que todos somos iguales, que nacimos igualitos, nacimos allá del vientre materno y no trajimos vestido, y que al morir terminamos igualito.

Ahí está lo que decía Séneca: si quiere saber quién es, olvide sus apellidos, olvide sus títulos, olvide todo aquello de fuera, entonces se dará cuenta que es igual a los demás.

En estos días alguien me decía, ¿qué ha aprendido del coronavirus? Aprendí que todos somos iguales. Que, frente a esa enfermedad del virus, en una Unidad de Cuidados Intensivos, puede tener la plata del mundo que tenga pero el virus no le pregunta eso, sino simplemente lo trata por igual, rico, pobre.

El rico puede tener diez médicos al lado, puede estar en el mejor hospital, pero eso al final de nada sirve. Eso se debe por no oír a Dios […].

P.P. Visto desde el catolicismo ¿cómo se combatiría la corrupción gubernamental en Colombia?

MONS J.M.P. En la casa misma está que hay que educar en la honradez. En otro tiempo existían unas frases de los abuelos muy simples, excesivamente simples, pero con una capacidad de formación muy grande. A mí en la casa me repitieron: «hijo, ni ojo en carta ni mano en plata».  Si nosotros vamos por ahí entonces estará eso.

La otra cosa es que se necesita que nosotros valoremos a las personas por lo que son, no por lo que tienen, que el ideal no sea lo que se tiene.

Y lamentablemente hoy hay una inversión terrible. Hoy el médico, que tiene que gastarse cuánto, que está en los hospitales enfrentando la pandemia, lo más terrible, ¿y vaya a ver si gana lo que gana una persona con mucha escasez de muchas cosas?, pero recibe mucho dinero. Y a este que recibe mucho dinero se le aplaude, y todas esas partes. Y el pobre médico allá, acaba de acabar (sic) cerebro, neuronas, para sacar la vida de este, ¿y qué valoración se le da?

Hoy lamentablemente ya no aspiran a ser médicos […] el problema es que eso es de una sociedad, eso es común, pero tocara ir comenzando a crear líneas de pensamiento, comenzando a crear opinión para que abra camino. Solo que esto es muy difícil. Lo otro es fácil porque hacia allá va todo el mundo […].

Crear lo otro es trabajoso, pero lo tenemos que hacer.

P.P. Se ve a muchas Iglesias y congregaciones últimamente participando abiertamente en política. Incluso a representantes de ellas postularse como candidatos a cargos de elección popular. ¿Es una decisión acertada?

MONS J.M.P. La participación política entendida desde el buen sentido, esa no se le puede quitar a ningún ser humano.  El sentido de ayudar a construir la poli, construir la ciudad, trabajar por el bien común, […] todos tenemos que construir en ese sentido.

Cosa distinta es cuando se vuelve una cuestión partidista. El tomar partido es una cosa en lo cual, por lo menos nosotros tenemos claro que, no debe ser así.

¿Por qué no tiene que ser así? Imagínese que el obispo está en la catedral celebrando, y tomo la decisión de fundar mi partido político. Y a la misa vienen diez que comulgan conmigo, pero hay cien que no comulgan con eso.

Entonces, obispo: tengo que ser signo de unidad, signo de comunión, signo de que todos se encuentren, y eso es lo que Dios quiere, y al tomar esa acción partidista pues yo lo que hago es dividir la comunidad.

Eso es lo que nosotros no podemos hacer, participar en la política […].

Ahora, lamentablemente eso cada vez crece más, seguirá creciendo. Y pienso que no es una cosa buena, no está bien. Eso en un país tan dividido, tan fracturado, y entra esto religioso también a contribuir en esa parte de la fractura, pues no creo que sea lo mejor.

P.P. Hay una frase que de pequeño me enseñaron a cantar en el colegio que estudiaba: «Ni las hojas de los árboles se mueven si no es por tu poder». ¿Cómo explicar que, si todo es voluntad de Dios, haya tanta pobreza y desgracias humanas en todo el mundo?

MONS J.M.P. Las frases están, pero necesitan ser interpretadas. Entonces detrás de la frase, «la voluntad de Dios», se han escondido muchísimas cosas que no son voluntad de Dios. El mal no es voluntad de Dios, el mal no es querer de Dios, de ninguna manera puede ser querer de Dios.

Ahora, hay que entrar a una cosa que llama ya, Dios es la causa primera, pero existe causa segunda, que son las que van a determinar […].

Por ejemplo, en este momento muchas enfermedades que ocurren, ¿qué hay detrás de eso? Entonces, en el momento en que nosotros dejamos una agricultura limpia, y comenzamos a llenarla de químicos precisamente para ganar más dinero, esa decisión que se ha tomado afecta los productos, y esos productos van a afectar la vida de las personas, que es lo que Dios no quiere […].

Efectivamente una de las grandezas que Dios le hizo al hombre fue hacerlo libre. Y hacerlo libre qué dice: yo tengo la posibilidad incluso de decirle a Dios que no.

Si Dios no me hubiera hecho libre, entonces yo sería una marioneta donde tengo que hacer lo que sea, entonces ahí no existe la salvación, no existen cosas de esas.

Entonces, la grandeza del hombre, pero también su mayor problema está en haberlo hecho libre. […] y la voluntad de Dios le dice: haga esto y por este lado va, pero yo puedo obrar en contrario.

Hay una película muy bonita de Majid Majidi, que se llama El color del paraíso […]. El protagonista es un niño ciego, y ahí ese problema lo plantea. Al niño le dicen, mire, usted nació ciego porque Dios lo quiere mucho, entonces el niño devuelve la pregunta: ¿por qué si Dios me quiere tanto me hizo ciego?

Y ahí está la respuesta que debe entrar a mirar y ver que esa no puede ser la voluntad de Dios.

Yo tengo una experiencia también y es la siguiente: siendo diácono yo le tenía que llevar la comunión a unas personas enfermas. Está una señora postrada en una cama, con tres niñitos al lado, pequeñitos llorando.

− ¿Señora, que pasó?

− El domingo me levanté a las cinco de la mañana para ir a misa. Cuando iba para misa iba atravesando la calle, entonces vi el motociclista borracho, a toda velocidad, y me parte las piernas, por eso estoy aquí. Yo creo que era la voluntad de Dios.

Yo le dije:

− Mire señora, si Dios es así, yo dejo de creer en Dios.

¿Por qué razón? Yo no puedo concebir que esta señora, que está haciendo un sacrifico de levantarse tan temprano para ir al encuentro con Dios en la eucaristía, y lo está haciendo con todo el amor del alma, Dios la vaya a coger y le parte las piernas para dejarla en una cama y que sus hijos lloren.

La voluntad de Dios era que este muchacho no hubiera pasado la noche tomando; la voluntad de Dios era que este muchacho no fuera borracho a toda velocidad, y la voluntad de Dios era que no la atropellara a ella, lo otro no.

Eso es lo que Dios no quiere.[…] Dios no puede estar contento viendo a estos niños llorar al pie de la mamá.

En este momento en Colombia, que se enfrentaron no sé quién más, y un niñito está gateando por ahí y una bala perdida le da al niño y muere: ¡Dios!

Oye, no es Dios, son estos que están echando bala. No le echen la culpa a Dios. […]. Es poner en manos de Dios la responsabilidad para que yo no la asuma. Entonces yo no soy responsable, la humanidad no es responsable, la sociedad no es responsable, ¡el responsable es Dios!

Nosotros siempre tratamos de echarles la culpa a los demás, y lo más fácil es echarle la culpa a Dios.

¿El mandamiento principal de Dios cuál es? Déjese querer de Dios, ame a Dios, ámese a sí mismo, y ese es el mandamiento que yo no lo entiendo. Y discúlpeme que no lo entiendo, por lo siguiente: ¿cómo es posible que Dios me pida que me tengo que amar? ¿Es que no soy capaz ni siquiera de amarme a mí mismo, ni amar a los demás?