Ciudad
La Plaza de Mercado de Girardot, historia de una ciudad
En la Plaza de Mercado de Girardot confluyen regiones de todo el país, trayendo consigo una amalgama de culturas y saberes que dan un valor específico al vivandero, al cotero, al campesino, al conductor, al comerciante, al recolector, al chatarrero.

Visitar la Plaza de Mercado de Girardot además de lo que significa desde el aspecto estrictamente comercial, es la oportunidad para concurrir al sitio en donde inicia y se resume la fundación de la otrora ciudad de las acacias.
No en vano en el documento que se aprueba el Plan Especial de Manejo y Protección (PEMP) de la Plaza de Mercado de Girardot se señala que «ha sido catalogada como una de las obras más importantes diseñadas por el arquitecto alemán Leopoldo Rhoter[...]», sin descartar un concepto muy importante, que «La aparición de la Plaza de Mercado representa la llegada de la modernidad a Girardot».
Junto a ella, integrada a su entorno y contexto histórico, se encuentra la Plaza de la Constitución y la iglesia San Miguel.
Acompañando este PEMP está la empresa Ser Regionales, quien viene adelantando una campaña publicitaria invitando a lugareños y visitantes a comprar en ella, o en la galería, como la llaman muchos girardoteños.
AMALGAMA DE SABERES Y CULTURAS
En la Plaza de Mercado de Girardot confluyen regiones de todo el país, trayendo consigo una amalgama de culturas y saberes que dan un valor específico al vivandero, al cotero, al campesino, al conductor, al comerciante, al recolector, al chatarrero.
Aquí las mesas largas, en donde se alimentan los afanes y los sueños de quienes pasan presurosos por el lugar, son punto de encuentro de la diversa cultura gastronómica que fusiona amablemente la cocina cundinamarquesa con la tolimense.
Y las personas, esa presencia irremplazable de nuestras raíces y arraigos culturales que hacen de la Plaza de Mercado de Girardot el sitio perfecto para mercar. Carolina Gutiérrez, procedente de Bogotá, asegura que aquí «Hay de todo, tienen todos los productos. Usted encuentra una bolsa, hasta lo que uno no se imagina […] es un espacio amplio, es muy fresco, es patrimonio de Girardot […]».
Sí, es cierto, pero a medida que se camina entre bultos cargados de granos, legumbres, frutas llenas de color y aromas, nos vamos encontrando con las almas que le han dado vida por décadas a esta plaza de mercado, Bien de Interés Cultural (BIC).
Libia María Durán lleva 30 años vendiendo arepa de maíz pelado, de arroz, antioqueña, envueltos de mazorca.
El matrimonio de Jacqueline Cruz Vargas y Roberto González. Son quince años continuos viviendo de las habichuelas, los tomates, el cilantro, la cebolla cabezona, la calabaza, la arveja, el coco, la naranja, el limón. Ellos tienen dos puestos, uno junto al otro, para no perderse de vista y complementar la oferta a sus clientes.
En un rincón, debajo de unas escaleras ennegrecidas por el humo de las cocinas, se encuentra el «cominero», Celestino Ramírez. Otros lo conocen como el cantante, porque ha compuesto y grabado varias canciones de su autoría; más de quinientas producciones musicales dice tener. En ese rincón desde hace años están los colores cargados de aromas y olores, sus especias. Clavo, canela, nuez moscada, pimienta, color, cúrcuma, ajo. Condimentos a granel ofrece Celestino en su rincón, «El Bucanero».
En el segundo piso hay comerciantes como Daniel Zárate que lleva 43 años vendiendo plantas medicinales, o Fausto Gabriel Rodríguez García que descubriendo por accidente el amor entre flores, lleva treinta años comerciando con ellas.
Las artesanías son paso obligado de los turistas en el segundo nivel, desde donde se divisa la aguja de la iglesia San Miguel, como Lady Carol Sáenz hay otros más. Ella, junto a sus dos hijos y su esposo trabaja desde hace cinco años con artesanía de Ibagué, Medellín, Ráquira y Bogotá. Dice que el negocio es atractivo porque «Se mueven mucho las artesanías, no se dañan, no piden comida, no es sino sacar y entrar».
Mirando hacia el río Magdalena, enfrente a una pendiente que baja hasta mojarse con él, está Celso Lozano, el señor de las gallinas criollas. Quedó con el negocio después de que su esposa muriera. Es decir, dejó de conducir buseta hace seis años para dedicarse a este trabajo. Todos los jueves su hijo viaja hasta el Guamo para comprar las aves. Dice que las personas que compran la gallina viva lo hacen porque no les gusta la «incubada».
Casi todos han llegado de otras partes del país y se han quedado en Girardot. Han venido de Purificación, Tocaima, Bogotá, El Espinal, y seguramente muchas más poblaciones de Colombia, a asentarse en esta ciudad que los ha acogido, para trabajar durante décadas en este patrimonio arquitectónico, testigo silente de una importante parte de nuestra historia local y nacional.
¡La Plaza de Mercado de Girardot es patrimonio de todos los colombianos!