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Girardot en jaque por la delincuencia

Girardot en jaque por la delincuencia

Hay necesidad de volver a hablar sobre la manera de cómo se viene enfrentando la inseguridad en la casi ciudad, porque los números no descienden realmente en los delitos que atentan contra la integridad y seguridad de las personas.

Hemos asistido a consejos de seguridad, liderados incluso por el secretario de Gobierno de Cundinamarca; a varias ruedas de prensa en las que se repiten las mismas preguntas y preocupaciones; entrevistas en donde se gira en el mismo círculo tedioso y repetitivo. En todos los escenarios posibles la información es la misma, mientras que en la calle crece la percepción de inseguridad arrinconando a la ciudadanía que no sabe qué hacer.

Ante la cantidad de pócimas y fórmulas que el gobierno local y la Policía han implementado a lo largo de estos años en que la casi ciudad ha estado sitiada por la delincuencia, hay que preguntar si ya se han identificado las principales y reales razones que han llevado a esta crisis con la que se familiariza la mayoría, corriéndose el riesgo de que dentro de poco sea un decorado más del paisaje girardoteño.

Y en este caso específico no está de más decir que para poder enfrentar la delincuencia en Girardot es indispensable entender el fenómeno desde lo local. Está demostrado universalmente que el pie de fuerza por sí solo no soluciona el problema, porque hay un fenómeno social alrededor del mismo que no se puede ignorar, sino que, al contrario, exige toda la atención y el análisis para interpretar lo que sucede al interior de nuestra sociedad, y tomar decisiones acertadas basadas en ese diagnóstico.

La globalización de alguna manera también tiene que ver con las estructuras y organizaciones criminales, por lo que no es tan fácil la solución. No es una casualidad que América Latina sea la región con más violencia letal del mundo, como lo dice una investigación titulada «Prevención del Crimen y la Violencia» publicado en agosto de 2022, en el que se habla puntualmente del caso colombiano.

En su introducción subraya que los esfuerzos para combatir los diferentes tipos de violencia «se han centrado en las respuestas reactivas y de control de los diversos Estados de la región, sin entender necesariamente sus causas ni atenderlas», que es a lo que precisamente me refiero con Girardot.

Es estéril atacar hacia todos los flancos si no se trabaja en lo humano y lo social, que es en donde se fermenta el caldo de cultivo de la delincuencia. Coloquialmente podría decirse que no se soluciona una gotera en el tejado de la casa aplicando todos los días impermeabilizante; hay que encontrar el motivo que la ocasiona para remediarla desde allí, de lo contrario la gotera acabará derrumbando la vivienda.  

Igual sucede en la ciudad sin las acacias. Cada vez que se habla de medidas de seguridad se repiten las mismas fórmulas: motocicletas, aumento de pie de fuerza; cámaras de vigilancia, retenes, sin que se hable, como consecuencia de un estudio serio, por qué una parte de la juventud girardoteña delinque.

Bien lo dice la investigación que menciono, «Las respuestas de las autoridades suelen tener un enfoque centrado en reaccionar y contener eventos u acciones violentas o criminales, para tratar de responder a las demandas de los ciudadanos». Veinte años, dice la publicación, lleva Latinoamérica tratando de «subsanar las debilidades institucionales en materia de seguridad y justicia» sin que lo haya logrado.

De hecho, señalan los autores, en América Latina se concentra aproximadamente el 40% de los homicidios del mundo. Es más, el mismo documento indica que según «el Índice Global de Crimen Organizado de GI-TOC, Colombia es el segundo país del mundo en criminalidad (solo después de la República Democrática del Congo)». Por supuesto que no son datos para ignorar.

Si hablamos de las actividades y campañas sociales que se adelantan en Girardot, se mencionan como una lista de mercado sin especificar de qué manera impactan en la comunidad. No hay cifras ni estadísticas, al menos no las dan a conocer públicamente, de cómo inciden estas actividades en un cambio de actitud de los jóvenes provenientes de las zonas «priorizadas», como las llama la Policía.

En municipios como Medellín, por ejemplo, en el año 2000 se implementó el programa Prevención Temprana de la Violencia, articuladamente con docentes, familias y estudiantes. Una serie de talleres, asesorías y acompañamientos en temas como la autoestima, la comunicación y la cooperación entre los estudiantes.

Otro caso es Popayán. En el 2019 implementó el programa «Tsiunas», enfocado en la prevención de la violencia contra la mujer y la promoción de «nuevas masculinidades»; dirigido a estudiantes entre los 10 y 19 años. De ser un programa piloto en un solo colegio, terminó institucionalizándose en el municipio.

Es evidente que se está haciendo tarde para que la población girardoteña estudie con profundidad, liderada por la academia, profesionales especializados, organismos internacionales, asesores de la Alcaldía y la Policía con otros actores ciudadanos, el problema de la inseguridad atada a los fenómenos sociales que en particular viven nuestros jóvenes, (desempleo, violencia intrafamiliar, abuso, exclusión, discriminación, analfabetismo, matoneo), para entender la enfermedad y formular el medicamento adecuado, y no seguir perdiendo tiempo precioso.

Nunca se ha tratado el tema de manera interdisciplinaria, entre la fuerza policial, la Inteligencia, la academia, la familia y la sociedad. Y los resultados saltan a la vista. Al menos por el momento no son halagüeños.

Se está en mora desde administraciones pasadas que la Secretaría de Educación, la de Desarrollo Económico y Social, la de Salud y el Instituto Municipal de Turismo Cultura y Fomento articulen en una misma dirección para empezar a recuperar la cantidad de niños y jóvenes que se pierden en la delincuencia y la prostitución. Las campañas sociales también deben tener unos indicadores que señalen de qué manera se impacta en este sector de la sociedad.

Un exfuncionario de la actual Administración Municipal me decía ayer que Girardot ya no es insegura sino violenta. Puede tener razón.

*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.