Columnistas


Un solo muerto era demasiado

Un solo muerto era demasiado

He tardado en escribir estas líneas motivadas por el recrudecimiento de la guerra entre Israel y Palestina o Palestina e Israel. Ni siquiera importa el orden de los enemigos, aunque se parta de un análisis meticuloso de sus diferencias religiosas, territoriales o políticas en la historia, para acercarse a la verdad. Además, no incide en nada el orden de los contendores si el genocidio es el argumento.

No soy el historiador erudito con la capacidad de desmenuzar con finura y exactitud las razones que pueden tener dos enemigos para enfrentarse con tanto odio hasta querer exterminarse sin piedad, peor aún, contra víctimas inocentes que tumban por segundos como peones de ajedrez.

Pero luego de más de medio siglo sin saber qué es vivir un solo día en paz, en la pandemia tuve el tiempo suficiente no solo para relacionar situaciones de mi vida con la guerra entre compatriotas, sino para valorar más la libertad y la vida de los demás, que al final, aunque el capricho o la ignorancia no lo permitan entender, significa nuestra propia libertad y vida.

Pude llegar a comprender con el tiempo, incluso, que la estúpida guerra malogró un romance adolescente, o deducir que mi padre no murió por designio de Dios, del que no creía, sino porque lo asesinaron.

Ante esto puede existir el interrogante, y con razón, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?, y la respuesta es sencilla, ¡todo! Porque en la simpleza de la vida, enfrentada al gran negocio de la guerra rechazada hipócritamente con eufemismos altruistas mientras que en la trastienda se venden armas al genocida, lo único que inhumanamente se destruye, se mina en su esencia fundamental es a la humanidad.

En la guerra de Estados Unidos contra Afganistán, se calculan 188.055 muertes en veinte años; y ni qué hablar de las victimas registradas en la guerra Rusia-Ucrania.

En Gaza han muerto aproximadamente 41.206 palestinos (al 16 de septiembre), desde el comienzo de los ataques israelíes, según un medio de comunicación turco.

En Colombia, 450 664 personas perdieron la vida entre 1985 y 2018 por el conflicto armado, según cálculos del Informe Final de la Comisión de la Verdad. De las cuales 205 028 fueron víctimas de grupos paramilitares; 122 813 de grupos guerrilleros, y a manos de agentes estatales 56 094 personas perdieron la vida. De desapariciones forzadas se habla de un subregistro de 121.768 personas.

A pesar de estas escandalosas y escabrosas cifras que retratan en sangre magenta a Colombia, a demasiadas personas se les hace tan fácil señalar hacia qué lado deben apuntar los cañones y cohetes en Israel, Palestina, Ucrania o Rusia, alentando desde la incomodidad de su ignorancia y la comodidad de sus apariencias como si la vida humana fuera despreciable se esté del lado de donde se esté.

Vivir padeciendo toda la vida la guerra, que no significa precisamente estar escabulléndose enterrado en las montañas, porque, la violencia llega de diferentes formas hasta los lugares en donde no se dispara un solo proyectil, tiene que servir, al menos, para valorar la existencia en medio de la paz.

Si no se ha entendido el conflicto que hemos vivido por más de 70 años, ¿cómo se señala, se apunta, se dispara desde la invisibilidad e imbecilidad de un tuit contra personas y culturas desconocidas?

Es posible que una guerra tan prolongada como la que hemos vivido en Colombia nos haya enfermado mentalmente, pero hay que esforzarse para que al menos, si no se sana el dolor, se recupere la cordura.

*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.