Columnistas
Las jaquecas del alcalde Salomón
La manera como el alcalde de Girardot afrontó su discurso de los primeros cien días de gobierno puede ser sorprendente por lo inusual. No es costumbre iniciar la intervención en una rendición de cuentas hablando sobre los temas pendientes por resolver o inconclusos. Todo lo contrario, el escenario siempre ha sido aprovechado para alardear de lo que se ha logrado en poco más de tres meses de gobierno.
Lo subrayo porque además de ser inédito, es una apuesta grande la que hace Salomón Said al enumerar en voz alta algunos de los problemas que azotan al municipio, confrontándose con ellos y comprometiéndose, tácita o explícitamente, a solucionarlos durante su gobierno.
Usó una estrategia poco convencional iniciando con los temas que le preocupan de Girardot, o como lo dijera más adelante, con los que le provocan «dolor de cabeza».
No voy a insistir en los asuntos discutidos hasta la saciedad y que, según el alcalde, están solucionados como el Programa de Alimentación Escolar (PAE) o el recaudo del Impuesto Predial con la actualización catastral incrustada en el chasis.
Prefiero mencionar cuando afirmó que no le gusta y que le preocupa el estado en el que se encuentran los uniformes de los guardas de tránsito, los que la misma comunidad es testigo que desde el gobierno anterior se encuentran en deplorables condiciones; insinuó que en los próximos meses la situación deberá mejorar.
También recalcó la lentitud con la que se adelantan las obras del Parque Lineal del Sol, en el que se proyectó instalar sobre el corredor férreo 123 figuras escultóricas con dimensiones extraordinarias, como 14 metros de altura u 80 metros de largo. Esculturas que señala el alcalde son su dolor de cabeza, sobre todo porque si no hay una respuesta por parte del Ministerio de Cultura sobre la instalación de estas tiene que calcular en dónde colocar la pírrica inversión que le costó a la casi ciudad $10 000 millones de pesos.
Pero me quiero detener en un tema que el alcalde Said tocó durante varios minutos pero que es necesario concretar para saber qué se deberá recibir al término de su gobierno. Me refiero a la recuperación del espacio público.
Cuando se refirió al tema dijo, «[…] y no me voy a hacer el loco con eso», hablando puntualmente del desorden que se vive sobre la carrera décima. Claro, es una anarquía desenfrenada que alcanzó su punto más alto de escándalo en el gobierno Lozano. Hay que decirlo.
Pero en este punto tengo varios aspectos para tratar: primero, aunque lo ha mencionado en otras oportunidades, en esta intervención no escuché hablar sobre los comerciantes que atienden sus negocios en locales pero que no obstante tener, supuestamente, un uso del suelo, extienden, prolongan, estiran sus negocios hasta casi la mitad de la calle. A estas personas hay que ponerlas en cintura más que a los carretilleros; porque bien lo dice el alcalde, estos últimos devengan con esfuerzo su sustento de la venta ambulante o estacionaria, en la calle.
El comerciante formal, el del local, arrienda o posee un inmueble para atender desde sus instalaciones, sin permiso de robarse el espacio público que por derecho le pertenece al peatón; o en situaciones más extremas las vías a los conductores, cuando abusivamente se apropian de un pedazo de la calle para convertirla en parqueadero exclusivo y privado de su negocio. Es decir, se apropian de un bien público para su usufructo. Conducta vandálica que está haciendo carrera hasta en algunos colegios infantiles de la casi ciudad, enseñándoles a sus pequeños clientes cómo se cercenan los derechos de los ciudadanos.
Como segundo aspecto, es cierto que todas las personas tienen el derecho de trabajar para llevar el sustento a la casa, pero sin que esta premisa signifique que cualquier persona pueda apoderarse de un pedazo de Girardot. ¿Acaso no existe una licencia expedida por la Alcaldía que autorice el funcionamiento de cualquier actividad comercial? Pienso que el desorden del parque Bolívar, otra herencia desgraciada de Lozano, tiene su origen en el desgobierno.
Coincido con el alcalde en que la recuperación del espacio público debe hacerse con «racionalidad humana» y con «humanidad». Conceptos base de un gobierno que merezca llamarse democrático, y de cualquier ciudad que apunte hacia la decencia ciudadana. Pero estos conceptos pierden su esencia humanista si no se aplican pensando en las dos partes: el derecho del vendedor de llevar sustento a su hogar, y el derecho inalienable reflejado en la misma Constitución Política de Colombia, «Todo colombiano, con las limitaciones que establezca la ley, tiene derecho a circular libremente por el territorio nacional […]». Libertad que se ve coartada y limitada por los tropezones, conos, mesas, sillas, toldos, ladrillos, cabuyas, asadores, ollas, fogones y parrillas son implementadas por emprendedores y grandes empresarios.
Me gusta el cambio de orientación que le dio al discurso el alcalde hablando primero de escaseces, déficits y debilidades; no todos agarrarían así al toro por los cachos. Y reitero, esta nueva forma de presentar su rendición de cuentas trae consigo un compromiso que adquirió públicamente con los girardoteños, que es darle solución a los problemas que le causan dolores de cabeza, que seguramente son los mismos que provocan las migrañas de los girardoteños.
Si de algo estoy seguro, es que el alcalde Salomón va a sufrir de muchas jaquecas intentando solucionar el problema sempiterno de la invasión del espacio público. Pero creo que después de muchas Aspirinas le puede estar sonando la flauta.
*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.
Como segundo aspecto, es cierto que todas las personas tienen el derecho de trabajar para llevar el sustento a la casa, pero sin que esta premisa signifique que cualquier persona pueda apoderarse de un pedazo de Girardot.