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Girardot entre las fauces de la inseguridad

Girardot entre las fauces de la inseguridad

La mejor manera de conocer por dentro a una ciudad es recorriéndola de noche; hay una especie de vigilia alistando el día siguiente que no exige preparativos de seguridad ni prevenciones anticipadas.  Hay una sensación de tranquilidad mentirosa que permite que las calles sean invadidas por personas sospechosas que logran intimidar a quien, por necesidad, se atreva a salir de su hogar.

Porque hacerlo, es un juego de azar en donde no se sabe si quienes se acercan a nosotros en sentido contrario, o por la espalda, pasarán de largo, o, por el contrario, nos acecharán con algún chuzo, pistola de balines o, como en las películas, señalarán nuestro miedo con su dedo en la espalda.

Entre las ocho y media y nueve de la noche, en el sector que tradicionalmente se llama bancario (carrera décima entre calle 16 y 18), precisamente en donde se encuentran ubicados los cajeros automáticos, la cantidad de indigentes, drogadictos y alcoholizados no es exagerada, ni siquiera alcanza a la decena, pero es suficiente para atemorizar y amedrentar al más temerario de los ciudadanos. 

Si va a retirar dinero de algunas de las entidades bancarias tiene que arriesgarse a pasar rozando su hombro con el de ellos, sin saber en qué momento puede ser atacado y hasta lesionado, por treinta mil o cuarenta mil pesos que recién lleva en su bolsillo.

El parque Bolívar no se escapa de la misma situación.  Es toda una manzana entregada a merced de la soledad, el miedo, y la ausencia infinita de la policía.  Pueden transcurrir treinta minutos sin que ningún agente o patrulla se acerque a verificar que todo se encuentra en orden, transmitiendo la sensación de seguridad que las personas esperan sentir para saberse seguras y protegidas.

Todo el centro de la ciudad sucumbe entre consumidores, indigentes, ebrios y sospechosos.

En una reunión informal con algunos compañeros, a excepción de una persona de seis que nos encontrábamos reunidas, todos habíamos sido víctimas de atracadores, o testigos directos de una agresión física por la misma causa.

La percepción, palabra usada para estos casos con una ambigüedad casi que premeditada, no se limita ahora solamente a lo que se imagina le ocurre a los demás, sino que corresponde a la realidad de cada uno de los que exponiendo como un trofeo de guerra las laceraciones y heridas provocadas por su o sus atacantes, traspasa el umbral invisible de la fantasiosa percepción para quedarse en la horrorosa y espantosa experiencia real, vivida en carne propia.

Es primordial que la policía adopte estrategias diferentes a las que viene implementando para que la realidad de la inseguridad sea inferior a la percepción de ella.  Si bien es cierto que el pie de fuerza es menor a las necesidades de seguridad de Girardot, entonces los pocos agentes tienen que optimizar el tiempo durante el cual deben proteger al ciudadano entendiendo que diez minutos mal utilizados pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte, la tranquilidad y el miedo, la penumbra y la luz.

Pero claro, quedarse únicamente en la responsabilidad de acción y vigilancia que deben ejercer los uniformados sería demasiado fácil para quienes se comprometen a proteger a la ciudadanía desde sus aspiraciones políticas, o ya electos, deben desarrollar estrategias para cumplirlo.

Y no existe la más mínima posibilidad de que el escenario sea menos rudo y más tranquilo, si únicamente la fuerza y la tecnología entendida desde las cámaras de seguridad, que parece ser que en Girardot funcionan como espantapájaros inútiles, sean los argumentos y las herramientas para erradicar la delincuencia y el opresor miedo que invade cada vez que un desconocido se acerca, esté bien o mal vestido; señal inequívoca décadas atrás, pero hoy no suficiente para proteger los bienes materiales y hasta la propia vida.

Aunque ha sido tema recurrente desde la academia y profesionales que han investigado y recorrido científicamente el tema, se sigue despreciando o ignorando que la educación y la cultura, entendida esta última como la necesidad de formar seres humanos sensibles y por ende mejores personas, son imprescindibles y hacen parte integral de cualquier estrategia que persiga combatir efectivamente la delincuencia.

Dos aspectos que en vísperas de elecciones locales no se iza firme y decidida. El Estado, entendido desde todas sus vertientes, tiene que llegar a los niños y adolescentes más vulnerables ofreciéndoles una educación suficiente que les permita competir con los más privilegiados. Solamente a través de ella podrán acceder a posibilidades laborales que les facilite calidad de vida, bienestar, y una autoestima consistente para considerarse parte importante de una sociedad útil y en crecimiento.

Amarrada a esta y casi como un solo cuerpo, la cultura, vista desde las diferentes manifestaciones artísticas, son el complemento perfecto que promete, con contadas excepciones, la formación de seres humanos sensibles que aman y respetan la vida; que entienden el respeto, primero como un deber y no como un derecho; que valoran su dignidad y la de los demás; que establecen claramente la diferencia entre lo aceptable e inaceptable en una sociedad sana mentalmente. Porque una vez conocido el mundo del arte y la intelectualidad, escasas posibilidades existen de que el vandalismo y salvajismo invadan un espíritu en calma.

Sin trabajo, consecuencia de la falta de educación oportuna, y con un alma desacostumbrada a sentir y convivir en armonía con la belleza, realmente poco pueden hacer la fuerza y los espantapájaros oxidados vigilando las calles.

Un trabajo que nuevamente no se aprecia con claridad ni decisión en estas elecciones.  

*Las opiniones plasmadas por los columnistas en ningún momento reflejan o comprometen la línea editorial ni el pensamiento de Plus Publicación.